Oscura y verde luz de jade

Maxi Olariaga

FIRMAS

Hombre precolombino tallado en jade.
Hombre precolombino tallado en jade.

Uno no se explica cómo los rayos de luz viajan a través del cerebro agitando la selva de meninges que enmarañadas brotan de la pradera blanquecina que conforman los hemisferios de su masa. Las ideas son fugaces trapecistas que se balancean en los cielos saltando sin red sobre el vacío del abismo.

Así fue que hace unos días, mientras asistía a la conferencia que el profesor Alonso Montero pronunció en Noia con motivo del 150 aniversario de Cantares Gallegos, por un momento quedé suspendido en las alturas y en mi espíritu se quedó encerrada esa imagen que representa a un hombre precolombino tallado en jade. Dejé de ver al sabio profesor. Desaparecieron el piano y las lámparas y les puedo asegurar que durante un minuto eterno me quedé solo en la Casa de Cultura abanicado por la presencia del hombre de jade que corría de un lado a otro por mi desolado mundo interior.

Entonces navegué, sin moverme de la silla, en una carabela de nácar armada de velas de seda rumbo a Las Indias. A bordo, yo no era más que un escribano encargado de anotar el consumo de agua y las provisiones que habíamos cargado en El Puerto de Santa María. No tenía más de veinte años y apenas me asomaba un bigotillo rubio bajo la nariz. Al ponerse el sol, veía cada tarde al capitán asomarse a las amuras y otear el horizonte de agua que se extendía como una pradera infinita ante nosotros.

Con las manos a la espalda, don Cristóbal paseaba por la cubierta meneando la cabeza. Me preguntaba adonde iría aquel hombre sin darme cuenta de que mi suerte estaba unida a la suya y donde él se ahogara allí me ahogaría yo y donde él triunfara allí establecería yo mi triunfo.

Recuerdo que su mano izquierda jugueteaba con una piedra de jade verde que, según el contramaestre, había traído de China Marco Polo asegurando que un mandarín se la había regalado como amuleto que le habría de otorgar una fortuna incontestable ya que el jade era el esperma seco de un dragón divino. Sonreí con el alborozo del desembarco en Las Indias y vi a los hombres de hierro y yelmo secarse las lágrimas con la blanquísima arena de una playa virgen.

El capitán apuntó al cielo con su espada toledana clamando: «En nombre de mi Señora Isabel y de mi Señor Fernando tomo posesión de esta tierra. Arrodillaos todos y dad gracias al Dios Altísimo porque Él será nuestro testigo cuando regresemos a la corte». Eso hicimos y fue entonces cuando vi un reflejo mineral entre la arena. Me apoderé de él y lo oculté bajo la cinta del sombrero.

A solas, mientras los hombres bailaban y bebían en la playa, pasada la medianoche lo tomé en mi mano y me enamoré de la luz oscura y verde de sus ojos de jade. Comprendí que no estábamos en Oriente y corrí a dar aviso al capitán. Entonces volvió del futuro la voz del profesor Alonso Montero: «Daquela apareceu a cotovía. Porque iso era ela. Rosalía de Castro era unha cotovía que trouxo no seu bico unha niñada de versos inmortáis». Carraspeé y comprobé que nadie había apreciado mi ilapso y seguí atento la charla florida del profesor.

Desde aquella hora deseo que otra vez suceda ese mismo milagro y viajar un minuto al futuro o al pasado alumbrando mi camino por la verde y oscura luz de jade.