Dirigir una ciudad es como jugar al Monopoly, solo que en esta versión libre, según convenga a la banca, tienes opción a cambiar las reglas o sacarte de la manga algún comodín. Hace años, antes de la moda de humanizar las calles (hay quien cree que no es más que un burdo subterfugio para eliminar aparcamientos en superficie, ¡los hay mal pensados!), cuando te ponían una multa era un acontecimiento (vergonzante) para contar solo a los íntimos. Ahora se puede ver que en Vigo casi podríamos optar a entrar en el Libro Guinness de los Récords por la cantidad de multas de tráfico que nos ponen. Podríamos pensar que se debe a que somos menos cumplidores con las normas que otros, pero es difícil de creer que esta ciudad leal y valerosa se haya convertido en urbe macarra e infractora así porque sí.
Debe haber alguna razón para que con tanta alegría nos pasemos por el forro leyes y normativas municipales. Es poco probable que tanta la gente se salte las reglas ni porque no tema las sanciones ni porque le sobre dinero para pagarlas. Quizás se deba a que se arriesga porque no le queda más remedio que vivir «peligrosamente» en una ciudad que pretende ser la capital de la fabricación de coches y a la vez tenga más acucharados a los conductores, que ya no pueden aparcar sin pasar por caja, ni parar el clásico «momentito» sin que al momento lo huela la grúa. Pero lo cierto es que la gente tiene que hacer recados cuando se adentra en la urbe. Las cuentas del consistorio arrojan un saldo de más de 360.000 multas durante los últimos cinco años. Si nos las repartimos, el Concello ya ha conseguido calzarnos al menos, una a cada uno de los censados, y aún sobran. El suculento botín suma más de 50 millones de euros. ¿Acaso alguien puede tener dudas sobre si merece la pena? Aquí, Dostoievski escribiría Párking y castigo.
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