Médica y enfermera forman parte del servicio de hospitalización a domicilio. Sus maletines cargan con historias clínicas, jeringas y fármacos. Es la sanidad puerta a puerta
31 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Isabel Pérez Garrido fue campeona gallega de 400 metros. Dejó el atletismo por la medicina de urgencias y ahora vuelve a aplicarse a la velocidad para recorrer la ciudad de Ourense con el fonendo y una buena dosis de psicología.
Lo hace a caballo de un pequeño turismo y en compañía de María José Gómez, enfermera y la otra mitad de uno de los cuatro equipos de hospitalización a domicilio (Hado) que funcionan en Ourense. Ellas son el rostro más humano del hospital y un auténtico salvavidas para quienes se aferran a la atención domiciliaria escapando de los riesgos de complicaciones y buscando el calor familiar.
«Si no fuese por ellas y por mi suegra, no sé qué sería de mí», exclama María José Pires, la primera paciente de la jornada. Una grave infección la obliga a recibir atención dos veces cada día, después de tres meses ingresada: «Allí pensé que me volvía loca; te tratan bien, pero es horrible. En casa, al menos, estoy con mi niño de 11 años».
El Hado no es una simple consulta a domicilio, es el sustituto de una hospitalización. Los pacientes adscritos a este servicio estarían ingresados si no existiese. Para ellos, es un alivio. Y para la Administración, se asegura, un ahorro.
La segunda parada de la mañana es en la misma calle; la paciente es una enferma con recaída de un problema crónico. Después llega la aplicación de un tratamiento intravenoso por infección respiratoria a un paciente de 80 años.
La cuarta visita es un control semanal que acaba alargándose porque el paciente precisa un reconocimiento más a fondo. Se llama José y, cuando hace medio año empezaron los problemas de salud, se trasladó de la aldea a la ciudad para tener acceso a la hospitalización domiciliaria. Esposa y nuera son sus otras enfermeras. Forman parte de ese 90 % de cuidadores que son mujeres. Nada nuevo bajo el sol.
Para Isabel y para María José ejercer la medicina fuera del hospital es estimulante. Personal y profesionalmente. Isabel trabajó 15 años en urgencias y estaba necesitada de un cambio; quería ver y tratar de forma diferente a los pacientes, establecer una relación más cercana. María José sustituyó la planta hospitalaria por una variada selección de pisos y edificios.
Su periplo diario es todo un recorrido sociológico: «En este trabajo ves las grandes diferencias sociales que hay, casas de superlujo y casas friísimas. Ves a mucha gente sin amparo, cuidando un viejecito a otro, y también a muchos hijos que luchan por tener a sus padres en casa, que no quieren deshacerse de ellos».
Su labor es, muchas veces, de intermediarias sociales, de asesoras y de confidentes. «Con algunos acabas teniendo una relación cercana, hablando un poco de todo», explica Isabel. Tal vez por todo eso, la quinta visita de la mañana es un regalo para sus oídos: «Isto é o mellor que puideron facer, esta xente dá gusto vela traballar. O que tiña que facer o Goberno é pagarlles a extra, atender o importante e non roubar tanto». Antonia, genio y figura, saca a relucir carácter mientras revisan su pierna enferma: «¡E aínda din que hai protestas, tiña que haber moitas máis!».