El loro fue protagonista del carnaval de 1913, como lo es un siglo después
05 feb 2013 . Actualizado a las 18:35 h.La «monotonía» que todos los años se apoderaba de los carnavales de Pontevedra, según decían las crónicas, se rompió hace cien años hoy. Curiosamente, gracias a un hecho luctuoso que motivó «abundantísimas lágrimas». Si el loro del boticario Don Perfecto, el irreverente Ravachol, había dado mucho que hablar en sus 22 años de vida, no digamos a partir de su fallecimiento el 26 de enero de 1913. Los «entusiastas» de las andanzas del pájaro, reunidos tres días después en la Sociedad Recreo de Artesanos, decidieron olvidar su pena con alegría y eligieron el miércoles de ceniza, el 5 de febrero, para honrar al animal con un «acto conmovedor e imponente».
No se permitía la entrada
Aunque por entonces las comparsas también animaban las calles, no son de extrañar esas anteriores críticas al carnaval, teniendo en cuenta, por ejemplo, que el bando de la alcaldía prohibía «el tránsito de personas que lleven careta» por las noches, arrojar confeti recogido del suelo, o alquilar antifaces usados ni disfraces sin desinfectar... Y tampoco se permitía la entrada «y menos la permanencia de personas enmascaradas en los cafés, tabernas y demás establecimientos públicos».
Los bajos de la Sociedad acogieron la capilla ardiente de Ravachol desde el 2 de febrero y, el día 5, los albaceas testamentarios del «malogrado plumáceo» lanzaron un bando con las recomendaciones para concurrir al desfile por las calles y a la velada en su honor en el Circo Teatro. El escrito, que muestra en su web el Museo, animaba a los pontevedreses a participar con el disfraz «que os pete» y llevando «en vuestras pecadoras manos un farol lo más funerario posible». También advertían que por mucha pena que sintieran, los asistentes se abstuvieran de «colarse de matute» en el acto del teatro. Las entradas más caras (palco de seis personas) costaban cuatro pesetas, 75 céntimos la silla y 40 en general.
Comitiva
El día después del entierro, las crónicas periodísticas dan cuenta de la multitud que había arropado al loro en su última aparición pública, con una comitiva encabezada por «varios caballeros vestidos a la usanza medieval» sobre sus hermosos caballos, carrozas, «siete u ocho coches» y muchos enmascarados portando faroles. Aunque no les dio tiempo a contar el acto que se celebró en el Circo Teatro, donde el programa que conserva el Museo de Pontevedra anunciaba una «velada infausta», con la interpretación de un Introito por parte de la Banda Municipal; una latomanía biográfica «con los excesos consiguientes, por un entusiasta admirador del ilustre muerto»; la canzzonetta coreada por el signore Victorio (Víctor Cervera Mercadillo); la herejía lírica de la signorina Biancha de la Porta (Antonio Blanco Porto) y el discurso necrológico de un jefe de Estación, que era José Fernández Tafall. Acababa con varias piezas cantadas por el barítono Alejandro Torres y finalizaba con la gran marcha «triunfal, coreográfica y apoteósica».
Terminado el evento, un automóvil tenía previsto partir del Circo Teatro «raudo, veloz, llevando en su depósito gran cantidad de gasolina y conduciendo el inanimado cuerpo de Ravachol». Quién les iba a decir que cien años después ese coche le seguiría dirigiendo al carnaval de Pontevedra.