Adiós al hotel de Maximiliano

Eduardo Eiroa Millares
Eduardo Eiroa OLEIROS / LA VOZ

FIRMAS

ARCHIVO MARCOS LIRES

El local de Santa Cruz fue un referente para generaciones de oleirenses

19 ene 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

El Maxi, cuyo futuro pasa, salvo milagro, por la desaparición, fue algo más que un hotel en Santa Cruz. El viejo local forma parte de la educación sentimental de cientos de vecinos de la localidad oleirense, escenario repetido de bodas y sala de baile de la que salieron muchas parejas.

El histórico hotel, curiosamente, no nació como tal, sino como conservera. La fábrica la montó un santanderino, Maximiliano Bárcena, que en los años sesenta decidió darle un giro bien distinto a su negocio. Del fundador heredó un nombre, Maxi, que mantuvo hasta la actualidad.

No reabrió como hotel, sino como restaurante, con una sala de fiestas en la planta superior. «Foi o primeiro sitio onde apareceron as bolas de cristal xiratorias das discotecas», recuerda la vecina de Santa Cruz y exalcaldesa Esther Pita.

En 1965, ilustra Marcos Lires, gran conocedor de la historia de la parroquia oleirense de Liáns, Fraga, entonces ministro de Turismo, pasó por Santa Cruz para inaugurar el complejo hostelero del Maxi, así como el Portocobo, el comedor de O Pote y la urbanización Atalaya.

Eran años de crecimiento, que no pararían entonces. Hacia 1971, los propietarios del hotel iniciaban una gran reforma que convertiría el inmueble en el hotel que, con algún pequeño cambio posterior, llegó hasta hoy.

En su famosa sala de fiestas se pincharon los primeros discos que no solo bailaban los locales, sino también los coruñeses que no llegaban entonces por carretera, sino a bordo de la lancha que regularmente unía la villa con la ciudad. El hotel estuvo en manos de los mismos propietarios hasta 1981. Por entonces era ya un establecimiento archiconocido, en el que resultaba imposible conseguir una mesa para comer en la terraza frente al mar cuando apretaba el verano. Ese año, otra conocida familia de hosteleros de Santa Cristina se hicieron con él.

El hotel vivió momentos mejores y peores, pero la cafetería siguió funcionando sin problemas y la discoteca, rebautizada entonces como Osnik, recuerda Nonito Pereira, siguió siendo un foco de atracción.

En el 2006 cerró sus puertas. La empresa Hostcastros se hizo con él con la intención de sustituir el establecimiento por otros de cinco estrellas. La crisis se comió el proyecto y no pudo ser. Hoy, muy deteriorado ya, su destino pasa por su demolición y la espera de tiempos mejores para levantar allí otro hotel, ya que el plan general no contempla ningún otro uso del suelo. Desde el Ayuntamiento valoran positivamente la decisión de demolerlo para evitar convertirlo en un foco de problemas.