Fernando Alonso Amat fue un hombre respetado por su trabajo
22 dic 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Durante más de tres décadas, Fernando Alonso Amat (Madrid, 3 de diciembre de 1918-Vigo, 3 de enero de 1990), tuvo presencia en la vida administrativa, de promoción empresarial e intelectual de Vigo. Le retrató bien el libro Personaxes vigueses (1981), del Círculo Ourensán Vigués, que con ilustraciones del caricaturista Gogue presentaba el perfil de 71 figuras locales, lista que precisamente abría él. «Ten ese ar de santo, de andar paseniño, ese esprito de calma que dá o mar», por el que sentía veneración. «Fernando ten dito que no mar se aprende toda a filosofía e a coñecerse a un mesmo». Era un hombre afectuoso, sumamente educado, que aparentaba ser hermético, a lo que alude también el citado libro: «Atrás quedan os tempos da Xunta Democrática, de cando o mesmo decían del que era comunista ou do Opus, sobor de todo porque el nunca decía nada». Incluso algunos de los que estuvimos en aquella plataforma política de la oposición que controlaba mayoritariamente el Partido Comunista de Galicia, y que nos reuníamos en su casa de la plaza de Compostela, creímos mucho tiempo que era un independiente más.
Hijo de padre gallego, su infancia transcurrió en nuestra tierra, lo que le permitió seguir los estudios de Derecho en Santiago y ganar luego las oposiciones de técnico fiscal del Estado, o inspector del Timbre, que ejerció en varias poblaciones gallegas antes de establecerse en Vigo, con carácter definitivo, en 1945. Su casa estaba a unos pasos de la Delegación de Hacienda de entonces, en plaza de Compostela, y en su domicilio abrió la gran biblioteca que poseía a muchos jóvenes estudiosos.
Sin duda lo que le dio más proyección fue otro servicio al Estado. Francisco Fernández Ordóñez, buen amigo suyo, le nombró delegado en la Zona Franca, donde dimitió Rafael Portanet, exalcalde que llevaba tres décadas al frente de la institución. Nunca pensaría el autoritario regidor que le iba a suceder un acreditado antifranquista, que en 1977 había probado suerte en la política, presentándose a las elecciones al Senado por la Candidatura Democrática Galega, junto a Valentín Paz Andrade y Francisco Fernández del Riego.
Alonso Amat fue designado en agosto de 1978 y se ocupó de varios frentes a la vez. Primero, de ensanchar el desarrollo comercial de la Zona Franca, que él y otros expertos consideraban insuficiente. Había que luchar también contra el cierre de empresas y el creciente paro y en tercer lugar diseñar un futuro compatible con el previsible ingreso de España en la Comunidad Económica Europea, que podía poner en riesgo la propia existencia de la Zona Franca, por la que Vigo había peleado desde varias décadas antes de su concesión a finales de los cuarenta. Cuando hubo de cesar por imperativo de la edad, en 1989, al cumplir los 70 años, presentaba un bagaje positivo, con una Zona Franca que había ganado mucho en proyección comercial y contaba con zona portuaria propia.
También estuvo prácticamente una década en la presidencia del Real Club Náutico. En un documental elaborado en el centenario de la sociedad recreativo-deportiva, titulado El Náutico, memoria de una pasión, se hace justicia a su trabajo y se evidencia que en su mandato convirtió a la misma en plataforma cultural.
Sus méritos fueron reconocidos en diversas ocasiones, de manera especial con la concesión de la medalla de oro de la ciudad. Su discreción podía en ocasiones no hacerle aparentar la gran cultura que poseía el personaje y sus ansias de libertad, por las que luchó con denuedo durante el franquismo. Le definió bien Francisco Pablos, que le frecuentaba, cuando escribió que era sobre todo discreto. «Porque su actitud era ese saber pasar inadvertido y después sorprender por la obra bien hecha».
Casado con Francisca Romero Ramos, tuvo familia numerosa: Fernando, Luis, María Paz, Alicia y Javier. En las Navidades de 1989, ya retirado de toda actividad, una grave dolencia le postró en la cama, hasta su muerte en los albores de 1990.
memoria de vigo Por Gerardo González Martín