Umbrío por la pena, casi bruno/ porque la pena tizna cuando estalla/ donde yo no me hallo no se halla/ hombre más apenado que ninguno». Son versos de Miguel Hernández que murió en las prisiones franquistas a los 32 años, la edad que puede tener esa madre de familia americana que en el año 1929 sobrevivía bajo una lona esperando ¿qué, a quién? Tal vez a su esposo que de amanecida caminó atajando por los trigales aún verdes para llegarse a la ciudad a la busca de un empleo imposible.
Esas gentes de la fotografía están poco a poco, un día aquí otro acullá, poblando las tierras de España, refugiándose bajo los tersos cielos negros del invierno, consultando con las estrellas su atroz destino. Esa familia desmoronada bajo esa carpa conserva la vida, dos maletas y una mecedora que sin duda unos meses atrás se balanceaba al atardecer en el porche de una casita con jardín en un barrio verde de la ciudad de Nueva York.
En el año 1929 se produjo el inesperado crash de la bolsa neoyorquina que de la noche a la mañana fundió el telégrafo e hizo volar al dólar que se perdió en el vórtice de aquel tornado que, como una saeta incandescente, traspasó los cuatro puntos cardinales de la nación más poderosa del mundo.
En 24 horas desaparecieron los ahorros, las viviendas, las camas, las sábanas, el tabaco, el alcohol, la carne, la escuela y el combustible. Y la alegría. Y el amor y los besos y las caricias. En la misma hoguera se abrasó el Día de Acción de Gracias, el Halloween y el 4 de Julio.
Por todo el país apareció gente colgada de las vigas de sus granjas y de sus fábricas improductivas o despeñadas en cualquier sima perdida. Las gentes del oeste vagaban rumbo al este y se cruzaban en silencio con aquellas otras que habían emprendido el camino contrario. También erraban los perros y los caballos por los roquedales de los poblados y por las calles de las ciudades, tristes, flacos y sin amo habitados por el hambre y los parásitos que, como la carcoma a la madera, los horadaban hasta desmoronarlos sobre las aceras al pie de una farola ciega.
Y esas familias a ambos lados de las grandes rutas esperando sentados en el sofá del abandono, mirándose unas a otras sin saber qué decirse, cómo consolarse ni cuánto habían esperado de la vida. Familias que ayer cenaban dos veces al mes en un restaurante e invitaban a sus amigos a una barbacoa al aire libre que amparaba su techo seguro, esperaban el eclipse de su desesperanza mirando a un fotógrafo que tal vez les compensara el posado con unos centavos.
En ese camino estamos aunque nos parezca tan increíble e insensato como les pareció a aquellos que soportaron la indignidad de perder todos sus derechos humanos de un plumazo. Derecho al trabajo, derecho a la educación, derecho a la sanidad. Falacias, mentiras, engaños, trucos de ingeniería financiera que nos llevarán a rebuscar en los contenedores lo que hace unos meses tirábamos en ellos con displicencia. Volveremos a nuestra carpa con cuatro yogures, dos plátanos, una coliflor y un pan, umbríos por la pena casi brunos porque la pena tizna cuando estalla. Estaba escrito.