El arte de la música

Maxi Olariaga MAXIMALIA

FIRMAS

De las barberías de Noia manaba la música de cuerda a las calles.
De las barberías de Noia manaba la música de cuerda a las calles.

02 dic 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Todas las artes son bellas. Todas revuelven los adentros del músculo, agitan la sangre y horadan el alma hasta extraer del fondo de la niebla que cubre su suelo lo mejor de nosotros mismos. Suspendidos en su contemplación y dejándonos llevar por su mano de nácar, fácilmente llegamos al desmayo de la maldad y abrimos de par en par el arca de oro en la que guardamos los buenos sentimientos que, prendidos en los zarzales de nuestra historia, se fueron quedando por el fatigoso camino recorrido sorteando desfiladeros de risas y lágrimas hasta llegar al final de la ruta.

Para mí sobre todas las artes, reina la música. La música nace con todos los seres humanos, con los meteoros y con los animales. Nos cantan mientras nos mecen en brazos de gloria mientras fuera, donde la vida discurre sabia y dura, cantan las olas, silban los vientos, rematan sus arias los pájaros y las ballenas y los delfines rondan con su voz de agua salada a sus amores. Sin conocer un pentagrama, uno puede transportarse escuchando una canción a cualquier mundo o estrella por lejanos que estén.

Usted podrá cantar solo o en un coro improvisado dirigido por una jarra de vino y notará como su cuerpo se relaja, se purifica y le acerca a la carne de aquellos que con usted cantan.

La música flota en el universo y se derrama sobre la tierra y el mar como una lluvia de perlas siderales que rebotan en las aceras de las ciudades y en los senderos de los bosques más profundos. La música lleva a la danza que no es otra cosa que una invitación a emprender el vuelo que nos recuerda que un día muy lejano fuimos ángeles revoloteando tras la cara oculta de la luna. Y la danza nos conduce a la pintura desde los días de los habitantes de Altamira que nos legaron sus pasos de ballet en la ceremonia de la caza y la quietud magnífica de los animales deseados.

Miles de instrumentos con nuestro aliento, nuestro pulso o con nuestra fuerza domada, perfuman el temblor del aire con sus voces. El más humilde de los hombres puede obrar el milagro de estremecer la soledad de un campo solo con cantar los recuerdos mágicos que su madre le donó en su niñez.

Hay grandes academias en las que se estudia el arte de la música y grandes salas en las que se interpretan las grandes sinfonías y los conciertos eternos. Pero en Noia, en mi infancia, del interior de cualquier barbería al caer la tarde, manaban como de una fuente recién herida, las notas de una guitarra, un laúd y un bandolín hasta alfombrar las calles y los callejones. Trepaba aquella música como la hiedra paredes arriba y entraba como la luz del sol de primavera en las alcobas y en las cocinas alegrando aquellas horas de penumbra sin radio ni televisión. Los hombres cantaban en la taberna y las mujeres en los lavaderos de San Bernardo y A Chaínza y, al timón de su motora, cantaba el patrón una habanera navegando bajo el puente de Noia. Ahora en sus ojos sitiados por el cenagal, el puente sigue guardando aquellos cantos como una caja de música. Alguien tal vez conserve la llave que dé cuerda a esa caja milagrosa y nos haga regresar a aquellos días en los que la música nos hacía divinos y nos permitía volar.