Jorge Prego trabaja en dos obras del metro de la capital turca
25 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Cuando Jorge Prego finalizó su trabajo como ingeniero en las obras del Eje Atlántico de Alta Velocidad, en el tramo de Arcade a Pontevedra, no dejó pasar el tren de la oportunidad. Su empresa, Comsa, le ofreció la posibilidad de trasladarse a Ankara, la capital de Turquía, donde había conseguido la adjudicación de dos obras del metro junto a una constructora turca. «Se me hizo duro decidirme -cuenta-, ya tenía mi vida formada en Pontevedra, junto a mi novia, mis amigos, mi familia... Pero estas oportunidades se presentan muy pocas veces en la vida. Se trataba de trabajar en una obra de gran envergadura, donde podría aprender muchas cosas a nivel profesional y vivir una experiencia nueva y diferente».
Así que afrontó el reto y desde marzo reside en Ankara, una ciudad de cuatro millones de habitantes que encontró nevada -en invierno se pasa de menos quince grados y en verano se alcanzan los 45- «y así me pareció bonita y entrañable». «Sin embargo -añade- cuando la ves bien, es ciertamente árida, extensa, un poco caótica, desordenada y con mucho tráfico, sobre todo en el centro, Kizilay, un auténtico caos. Debido a todo esto, junto con la densa boina de polución que la cubre, en algunos momentos me parece una ciudad gris».
Este ingeniero de Caminos de 30 años destaca que Turquía está experimentando «un crecimiento económico bestial», con el correspondiente bum urbanístico «y una apuesta clara por invertir en nueva obra pública y modernización de las infraestructuras ya existentes». Jorge colabora en la oficina técnica de la obra del metro, junto a dos compañeros turcos. «Al principio se me hizo cuesta arriba esta aventura, porque cuando estás aquí es cuando realmente te das cuenta de las dificultades que entraña desarrollar tu profesión lejos de tu país».
En la obra está un equipo de treinta personas, entre técnicos, encargados y directivos, y cinco de ellos son españoles, todos ingenieros y pertenecientes a la misma empresa. Viven todos juntos en un edificio en el barrio de Çayyolu, a 30 kilómetros del centro, «donde ganamos en tranquilidad y calidad de vida, porque estamos muy cerca de la oficina, y es un barrio tranquilo, donde tenemos todos los servicios básicos cubiertos».
El idioma
El gran hándicap al que se enfrenta todos los días es el idioma. Había oído que el turco es uno de los más difíciles, y lo ha constatado. «Contamos con traductores, puesto que muy poca gente habla inglés, pero es difícil trabajar en estas circunstancias -advierte-. Necesitas calma, porque muchas veces, cualquier tarea que en España te lleva treinta minutos o la solucionas con una llamada, aquí te lleva de dos a tres horas. Para tí y el traductor es agotador». Por eso él y sus compañeros, así como su novia Montse, que le acompaña desde julio gracias a una excedencia, están dando clases de turco.
A lo que no le ha costado nada acostumbrarse es a la comida. «El único cambio que he notado es que con respecto a España están muy condimentadas». Al principio, se resistía al desayuno turco, «pero ahora, cuando podemos, nos lo preparamos a base de queso, aceitunas, perejil, huevo duro o en tortilla, miel simit (un pan de sésamo de forma circular que está buenísimo) y fiambre». Del kebab hay un montón de variedades, «y cada localidad tiene un tipo según la forma de prepararlo», y cita las pide o pizzas turcas entre sus delicias favoritas, además del ayran o yogur líquido salado con que los turcos acompañan las comidas. «Solo echo un poco en falta comer cerdo, que aquí no lo hueles».
La gente suele desplazarse en autobús, y fuera del centro, los detienen con un simple gesto del brazo. «El metro, de momento, no funciona especialmente bien; solo disponen de una línea». En la obra estará hasta finales del 2013, «y después veremos cómo están las cosas por España, por Turquía, e intentaremos tomar la mejor decisión, pero mientras tanto quiero seguir disfrutando de todo lo que me está ofreciendo este país».