Manuel Aramburu, un artista daltónico

maría conde PONTEVEDRA / LA VOZ

FIRMAS

El pintor inaugura mañana una retrospectiva de su obra en el Museo

22 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

«El verde lo veo castaño, sé que lo hago, porque con ocres, amarillos y azules salen»

«Cuando vendí un cuadro por un millón de pesetas, mi padre dijo que lo devolviera»

Manuel Aramburu lo tenía a priori todo en contra para ser artista. Nacido en el 36 en León, tras la Guerra Civil tuvo que trasladarse con su familia a Pontevedra. No eran buenos tiempos para el arte. Su padre no le dejaba pintar y se negaba a darle dinero para comprar material. Aún así, se las arregló para hacerlo en secreto en la tienda de Ignacio Torrado, quien le cedía colores y retales desde que tenía ocho años. A esa edad, dice que empezó su vida, porque se ahogó. En A Puntada cayó al agua y estuvo dentro quince minutos. Necesitaron hora y media para reanimarlo «y estuve tapado con una sábana, pero ese año aprendí a nadar». Cuando estaba en Bachillerato, el número dos del Museo, Alfredo García Alén, descubrió que era daltónico tras ver un cuadro suyo en el que el verde de las ventanas era marrón. «Por separado veo el amarillo, rojo y el azul, pero las mezclas que puedo hacer con los primarios, las veo igual. El verde no lo percibo, yo un árbol lo veo castaño. No sé a veces si estamos en otoño o primavera. Pero sé que lo hago. Con los ocres, amarillos y azules, salen verdes».

Hoy, a sus 76 años, Aramburu muestra con una retrospectiva que sí se puede luchar contra los elementos. Mañana inaugura en el Museo esta antológica de más de un centenar de obras, desde aquellas que pintaba a escondidas en su infancia a su última producción, la del pasado año. Destaca esta nueva oportunidad que le da la Diputación, después de aquella beca para ir a París en el 68 y de sus premios en la Bienal. Pero mostrar su obra en la ciudad le pone «colorado», como se quedó cuando a los 18 años vendió un cuadro por un millón de pesetas «y mi padre me obligaba a devolver el dinero, decía que eso era robado, que yo había engañado al que lo compró».

Fue en 1975, cuando marcó otro rumbo a su trayectoria, tras los paisajes y bodegones. Un día, desde su barco vio otro reflotado en As Corbaceiras y a un hombre en su interior observando «extasiado» los restos. Atracó, se subió y reparó en una puerta oxidada. La pintó y con esa obra ganó la medalla de oro de la Bienal pontevedresa.

Hierros

Desde entonces, los hierros de los barcos son su tema, algo que también tiene su parte biográfica, «porque desde niño vi a mi padre trabajando en la fragua». «El mar siempre me atrajo, y pobre del que no lo sienta, lo que se pierde».

En la serie Hierros sigue inmerso, y es la que mayor espacio ocupa en la exposición, que incluye fondos propios, y de instituciones y particulares de Galicia. Las limitaciones que se marcaron en el presupuesto han impedido buscar más obra de Aramburu en el extranjero. Sobre todo, la hay en Alemania, ya que allí tuvo un contrato con la galería Wisnieski. Recuerda también cuando tras una exposición en la que no vendió una obra, cogió su coche, embaló los cuadros y condujo hasta Estocolmo. «Pude exponerlos en una galería y se vendieron en la inauguración».

«Hay gente que cree que pintar abstracto es meter color de cualquier manera. Pero todo obedece a una técnica, estudio y matemática. Sigo esa regla de oro del Renacimiento que es la proporción áurea, y que parte del análisis matemático de espacios. Y siempre hay un resquicio, una salida, una esperanza». «Fue una sorpresa ver muchos cuadros», dice junto al comisario Celestino Lores. Pero echa de menos uno que pintó en el 76 y vendió al Hispano. «Se lo llevaron a Madrid. Luego, el banco lo compró el Santander. Y no saben dónde está».