Diego Castro encontró allí el empleo que no pudo hallar en España
03 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.El amor mandó en las prioridades de Diego Castro. En Galicia tenía un trabajo estable y a su familia, pero Melissa vive en Holanda y para allá se fue hace ahora dos años para poder estar cerca de ella. No tenía ni trabajo, ni idea de holandés, pero no tardó en superar estos dos obstáculos. Diego es técnico superior en sistemas de telecomunicaciones e informática y tuvo que cruzar los Pirineos para trabajar por primera vez en lo que le gusta y para lo que estudió. Desde su Cambados natal no fue capaz de encontrar un hueco en este sector de modo que acabó trabajando en los supermercados de Eroski. Ahora, por fin, se gana la vida delante de un ordenador. El primer año trabajó desde casa para una empresa española como desarrollador de aplicaciones web y ahora tiene un puesto en Mathla.
La morriña
Holanda le dio a Diego muchas cosas y allí espera seguir a corto y medio plazo. Está a gusto, aunque eso no quiere decir que la morriña no haga acto de presencia a menudo. Echa de menos, por supuesto, a su madre Mary y a su hermana pequeña Fátima, pero también el paisaje que le acompañó durante toda su vida, en especial el mar. Su relación con el asfalto no es buena. «Aquí hai moitísimo tráfico sobre todo nas horas punta», y eso que Diego está en el país de las bicicletas. Los coches son los dueños de las autopistas y las vía periféricas aunque, eso sí, dentro de la ciudad el escenario cambia completamente. La inmensa mayoría de la gente utiliza el transporte público o se desplaza a pedales sobre dos ruedas, o sobre tres, o sobre cuatro. «Pódeste atopar bicis de todo tipo», explica. En esta faceta, a Diego no le costó nada adaptarse. A Holanda se llevó la bici, «unha que trouxen da casa e que xa está bastante vella», pero que es más que suficiente para moverse desde el trabajo a casa y de casa al trabajo. Los ritmos también son muy diferentes en Holanda. Allí rige el horario europeo: se madruga más que en España, se hace jornada laboral continua y a eso de las cinco de la tarde se recogen los bártulos y se emprende rumbo a casa, para cenar. Diego está encantado con esta dinámica. Lo demás es mejorable.
Más frío y más calor
El clima es más extremo que en las Rías Baixas. «No verán fai moita calor e no inverno, moito frío. O primeiro ano que cheguei había quince graos baixo cero, non había guantes que me chegaran para tapar as mans», relata. La comida es otro elemento que le recuerda que su tierra está a muchos kilómetros. «Hai moita comida asiática. Aquí probei por primeira vez unha salsa indonesia e cousas así. O marisco é carísimo e o xamón serrano, nin che conto». Así que cuando visita Cambados, y viene en coche, aprovecha para avituallarse para una larga temporada. «Aínda conservo o bote de Colacao que trouxen de aí».
Las relaciones sociales también son otro mundo en Dordrecht. Al hecho de que Diego es un recién llegado, se suma que los holandeses «son moi fríos e moi directos». «Se hai algo que non lles gusta, dincho á cara, e no traballo se fas algo mal, bótante fóra. Son moi exixentes». Afortunadamente «no meu traballo din con xente máis cercana». ¿Será porque en Holanda hay mucho más que holandeses? «Aquí a metade da poboación é estranxeira, sobre todo hai moitos turcos e polacos».
«Tamén hai movida e bares, pero é moi diferente. Tomarse unha cervexa é caro e comer fóra, moitísimo máis. Cando sales pagas por todo». Y aunque los salarios son más altos, no todos los bolsillos alcanzan para pagar caprichos. La crisis golpea a todos, también a los más ricos, aunque Diego no la percibe en la misma medida que en España. «O segredo é que aquí son máis europeos e cosmopolitas. Hai empresas internacionais que fan negocios con todo o mundo, e así están, máis arriba que España».