Los abuelos demuestran que se vuelcan con el colegio si se les da la oportunidad. En un colegio coruñés, enseñaron a los niños a ver las cosas con la perspectiva temporal
25 oct 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Fifí está emocionada. Acaba de contar un cuento a niños de tercero de primaria, y como es todo energía, le dijo al profe que los dejase solos con ella, que ya se encargaba de todo: «Me los metí en el bolsillo», asegura. Fifí tiene 87 años y afirma: «Esto me da la vida».
Ella es una de los veinte abuelos -y algunos jubilados del centro cívico de San Diego- que ayer contaron un cuento en el colegio público San Francisco Javier. En este centro fusionaron de una manera muy divertida la celebración del Año Europeo de la Intergeneracionalidad con los veinte minutos diarios de lectura silenciosa en las aulas. Lo hicieron a través del equipo de la biblioteca, un grupo dinamizador que siempre está preparando algo; su próximo paso es que estos abuelos -u otros, claro- expliquen a los niños cómo ha cambiado el barrio en el que viven. No es poca cosa, porque el San Francisco Javier está situado muy cerca de El Corte Inglés, una zona coqueta hoy en día, pero que hace treinta años acogía un campamento de chabolas.
Emilio Veiga, director del colegio, incide en la importancia de relacionar a los niños con el entorno más inmediato, y de hecho ese será el eje de las actividades de este curso. Además de enseñar a los niños a ver las cosas con la perspectiva del tiempo, ayer los abuelos demostraron que las familias se vuelcan con el colegio si se les ofrece la oportunidad. «Yo estoy encantada», dice Olga, otra abuela. «Mi nieta Lucía [cuatro años] siempre me invita a visitar su cole, pero yo le digo que los abuelos no podemos entrar. Por eso, ayer [por el martes] cuando llegó con la invitación, estaba encantada. Fue ella la que eligió el cuento, que es suyo». A Olga no le tocó la clase de su nieta, pero daba igual: «¡Todos me llamaban abuela!», y al terminar la experiencia pudo ir a visitar a la pequeña Lucía para que no estuviese triste.
Ese es otro asunto importante en este tipo de experiencias, lo orgullosos que se sienten los niños cuando sus abuelos son los protagonistas. «Los abuelos -explican desde la biblioteca- tienen un papel fundamental en las familias hoy en día, muchos son los que se encargan de los niños, y es muy importante darles el reconocimiento que se merecen».
Los dedos de la mano
Algunos ya están casi acostumbrados, como Marisa: «Ya fui a la guardería cuando mi nieta era más pequeña y me encantó contarles un cuento». En esta ocasión además de la historieta les enseñó el nombre de los dedos de la mano: «Cuando llegamos al corazón muchos no sabían cómo se llamaba. Decían "el de en medio"».
Los abuelos tienen mucho que enseñar, y a muchos no les resulta difícil. En una de las clases de sexto quien se sentaba en la mesa del profesor era una exdirectora del centro, que les contó un cuento fantástico sobre una mujer embarazada que dio a luz una manzana. ¿Leyenda o historia? Ese era el debate posterior.
En otra clase de tercero la voluntaria se decidió por un cuento cantarín tradicional, La cabra montesina, que incluía repeticiones -«no cabe tanto en mi saquetillo, no muele tanto mi molinillo»- que ella conocía desde que era pequeña.
El abuelo de Adrián, por su parte, optó por la historia de unos invitados a un cumpleaños, al que a cada uno le gustaba un color. Lo tuvo difícil, sus pequeños oyentes no quitaban ojo al fotógrafo, que para ellos es un personaje mucho más raro que un abuelo.