Siempre le he tenido mucho respeto a la gente que se manifiesta. Ya hace falta tener ganas para salir a la calle a gritar en vez de marcharse a la playa, quedarse en casa, meterse en el cine, ir de copas, pasear Montero Ríos, leer una novela histórica o pasar las horas muertas mirando al vacío. Rajoy está encantado con «la mayoría de los españoles, que no se manifiesta, que no sale en las portadas» porque, claro, algo se muere en el alma, algo se muere, cuando un español se va a la calle y protesta. Siempre es mejor que la gente se quede callada en su casa y diga amén. Pero digo que yo los respeto, sea la causa que sea: contra los recortes, a favor del Celta, contra un Gobierno, a favor de la clase obrera, contra el aborto, a favor del matrimonio gay, en contra del nuevo hospital. Con muchas no estoy de acuerdo. Pero hay algo de dignidad en todas.

Con un matiz enorme. Detesto ver políticos encabezando las manifestaciones, tratando de apropiarse del grito de la calle. Que ya es lo que faltaba.

Ayer por la tarde llovió. El típico día para estar en casa con la manta viendo la tele. Apenas un centenar de personas quisieron manifestarse contra la pobreza. Digo contra la pobreza-pobreza. La pobreza de verdad. La que impide casi respirar. No había políticos. No estaban los que callaban mientras Zapatero reformaba la Constitución en dos horas por orden de Merkel y que ahora lamentan, ay, que Rajoy se entregue a los mercados. Tampoco los que marchaban contra el aborto por considerarlo inmoral y dicen ahora que hay que controlar las manifestaciones. Ni esos neopolíticos que dan lecciones éticas a diestro y siniestro. Los pobres no dan votos.

Hay dignidad en quien sale a la calle. Hay más en quien se moja por conseguir algo que no va a ser para sí. Pero no todos pueden decir eso.

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