Durante varios días una poderosa flota británica, entonces en guerra con España, fondeó frente las islas, movilizando a la población de Vigo
25 sep 2012 . Actualizado a las 07:00 h.«Arrollados por la mar», el vicealmirante inglés John Warren ordenó a la flota que mandaba refugiarse dentro de la ría de Vigo, fondeando ante las islas Cíes. Desde el Renown, el marino británico vio como aquel 28 de agosto de 1800, descendían las anclas de los otros veinte buques de guerra y los 86 transportes de tropas. En los rostros de los marinos y de los soldados todavía se reflejaba la tensión de la batalla vivida días antes en Ferrol.
Gran Bretaña estaba en guerra con España desde 1796. Fue el último conflicto armado entre ambos países, que desde doscientos años antes dirimían la hegemonía mundial. Vigo estuvo en primera línea de combate durante aquellos años. Los buques corsarios, armados por los comerciantes vigueses, convirtieron la costa gallega en un campo de minas para los mercantes británicos y portugueses.
Batalla de Brión
En este contexto, el 25 de agosto una flota británica desembarcó tropas en las playas ferrolanas de Doniños y San Jorge. La intención era tomar y destruir los astilleros militares, pero aquellas tropas fueron rechazadas y se vieron obligadas a reembarcar. El combate pasó a la historia con el nombre de Batalla de Brión.
Al amanecer de aquel 28 de agosto, los vigueses se levantaron alarmados al ver más de cien velas situadas frente a las Cíes. Tres años antes, una división naval, mandada por Samuel Hood, se plantó frente a Cangas, al abrigo de los cañones de Vigo, para reclamar la rendición de varios barcos refugiados en la ría. La buena acción defensiva de Juan Ruiz de Apodaca provocó entonces la huida de los ingleses.
Ahora, la amenaza era mucho mayor. Cerca de quince mil soldados pertenecientes a regimientos de infantería tan renombrados como The Queen?s Own Cameron Highlanders, The King?s Royal Rifle Corps, Royal Welch Fusilers y Royal Welch Fusiliers, esperaban las órdenes del general James Pulteney dentro de los transportes de tropas.
El potencial artillero de los navíos no era menos temible, ya que se encontraba en la flota el London, un navío de tres puentes con 98 cañones. José de Santiago describe, en su libro Historia de Vigo, el potencial de aquella armada. «Dos navíos de tres puentes, diez de 70 a 80 cañones y nueve de 50 a 60; estos conducían tropas y lanchas planas de desembarco. Además, completaban la flota dos fragatas de 48 cañones, seis fragatas de 40 a 46, seis fragatas de 32 a 36, cinco corbetas de 22 a 26 cañones, un bergantín, diez balandras y una goleta armada en guerra. El número de navíos de guerra y de transporte era de 125», explica el historiador vigués, aunque parece que eran algo menor la flota.
Huida de los habitantes
Las autoridades vigueses informaron al Capitán General de Galicia de la entidad y efectivos enemigos, al tiempo que se aprestaban a la defensa de la amurallada villa, desde las diferentes baterías abiertas a la ría, así como desde el castillo de Santa María do Castro.
Los habitantes de las islas Cíes lograron huir indemnes, pero sus propiedades fueron saqueadas por los ingleses, que provisionaron de agua sus embarcaciones, mientras descansaban en las Cíes.
El general Pulteney aprovechó este descanso en la ría viguesa para despachar el informa de su ataque a Ferrol con el secretario de Estado para la Guerra, el escocés Henry Dundas. Aquellas noticias fueron recogidas días después en el periódico The Times, como ocurría años después cuando los ingleses, ya aliados de España, combatieron en Vigo contra las tropas napoleónicas.
La presencia inglesa en la entrada de la ría no ocasionó pérdidas humanas, pero sí un involuntario bloqueo en el puerto. La única víctima de aquella presencia fue un corsario francés, que fue apresado por la Royal Navy cuando pretendía entrar en el puerto de Vigo.
A comienzos de septiembre, la flota británica levó anclas y dirigió sus proas hacia Gibraltar. Algunos de aquellos barcos participarían años después en las batallas de Fisterra y de Gibraltar, condenado a la Armada española a la desaparición.