Las primeras pizzas de Vigo

b.r. sotelino VIGO / LA VOZ

FIRMAS

Oscar Vazquez

Guillermo y Casilda volvieron de Uruguay y montaron el local que sigue siendo de la familia

16 sep 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Ahora parece que llevamos toda la vida tomando pizza, pero es que no tenemos memoria. No hace muchos años, un vigués veía una y pensaba: «Esto es una empanada sin tapa». De remediarlo se encargaron en su día el vigués Guillermo Fernández García y su mujer, la coruñesa Casilda Blanco Mato.

A mediados de los años 40 emigraron a Uruguay, donde se conocieron, en uno de aquellos bailes que se organizaban en el Centro Gallego, y desempeñaron varios trabajos en el sector de la hostelería.

Por la influencia italiana, la pizza era allí como el pan de cada día, al igual que las parrilladas que tanta tradición tienen en Sudamérica.

Así que cuando hicieron la maleta para regresar, se trajeron consigo la fórmula mágica, cuyo secreto reside realmente en el horno de leña, la buena materia prima y muchas horas de trabajo.

Así nació O Carro en el barrio de Mide, en 1979. Y allí sigue, aunque Guillermo ya está jubilado desde hace 13 años y Casilda falleció al poco de retirarse.

Pero su hijo Juan Guillermo, junto a una hermana que luego se independizó, tomaron las riendas del establecimiento mucho antes, aprendiendo con ellos los entresijos del negocio como luego lo hizo su mujer, Belén Blanco San Román.

«Cuando abrimos solo había en Vigo un restaurante italiano, La Góndola, pero la primera pizzería, así en plan trote, fue la nuestra», asegura Juan. «De hecho, el corte en seis porciones que aún seguimos haciendo cuando los clientes piden una ración, lo empezamos a hacer por una cuestión didáctica, para que la gente se habituara a comerla con las manos, como debe ser», comenta.

Juan, que nació en Montevideo, ya tenía 14 años cuando la familia regresó a España. «Primero estuvimos trabajando aquí cerca, en la parrillada Sudamérica, que era de nuestro tío Pepe, que también fue emblemática en su tiempo y de las primeras que hubo. Él nos convenció para venir, pensando incluso en volver si no salía bien el experimento. Casi cinco años después fue cuando mis padres abrieron O Carro en este solar, que era de mis abuelos», rememora.

Desde entonces el establecimiento se amplió tanto en la entrada como al fondo, para dar más cabida a la creciente clientela de O Carro, cuyo nombre no es circunstancial, ya que uno auténtico, que en su día dio servicio a la familia, decora el frontal del inmueble.

En el restaurante, el horno de leña es el eje central y sus tres platos estrella: la pizza, el bacalao y el pollo a la brasa, aunque después se agregó al milanesa y el pez espada y también se puede tomar pulpo, calamares, croquetas y otras viandas.

El horno, añaden, lo cambiamos hace casi una década y es una maravilla. «Había uno más grande, pero consumía leña que era un espectáculo», cuentan.

Otra de las particularidades del restaurante, fruto de la pasión coleccionista de Juan, es su decoración, ya que está salpicado de objetos antiguos, muchos de ellos relacionados con el mundo de la cocina, desde utensilios, máquinas de café, una cocina americana, latas de conserva, anuncios de productos de alimentación o una fresquera.

«Lo bonito de este trabajo -añade Belén- es ver cómo vuelven los clientes generación tras generación. Yo empecé hace 27 años y he visto pasar a padres, hijos y nietos».

Lo mismo ocurre con su propio futuro. «Uno de nuestros tres hijos Hervé, el mayor, ya trabaja aquí e insiste en que quiere quedarse, así que si no cambia de idea ya tendremos la tercera generación de O Carro».