«Estoy aprendiendo a vivir»

FERNANDO MOLEZÚN A CORUÑA / LA VOZ

FIRMAS

Lleva dos años repitiéndose un propósito día a día: «Hoy no beberé»

10 sep 2012 . Actualizado a las 07:01 h.

En 1936, dos alcohólicos comenzaron a charlar y se dieron cuenta de que, mientras compartían penas e inquietudes, no necesitaban beber. Nacía así un movimiento que ha dado la vuelta al mundo y salvado infinidad de vidas. Entre ellas la de José Ramón. Aunque su testimonio podría ser el de cualquiera de sus compañeros del Grupo 24 horas de Alcohólicos Anónimos, que participan en la conversación y aportan sus experiencias. El Grupo está de aniversario: el sábado celebraron sus ocho años de existencia autogestionada en la ciudad, en el número 10 de la calle Diego Delicado.

-¿Cómo funciona el Grupo?

-Aquí no hay médicos ni psicólogos. Lo basamos todo en la experiencia, de modo que cuanto más tiempo lleves aquí, más cosas tendrás que compartir con tus compañeros. Tampoco hay vigilantes. De hecho, lo único que se necesita para entrar en el Grupo es tener la firme voluntad de dejar de beber, querer dejarlo. Y eso es algo que tiene que salir de uno, nadie puede obligarte.

-Pero supongo que el apoyo de la familia y amigos será importante...

-Sí, pero no siempre es productivo depender de esos apoyos. Tu mujer puede ayudarte, pero si llegado el momento tu mujer te deja, ¿qué haces? ¿Vuelves a beber? Uno tiene que dejar la bebida porque así lo quiere, no porque alguien se lo pida. Esto es para quien lo quiere, no para quien lo necesita.

-¿Existe un perfil tipo de alcohólico?

-Cada uno es un mundo, pero sí tenemos una base que se repite en todos nosotros. En mi caso es que, simplemente, no sé parar, me tomo dos cañas y ya no puedo echar el freno, aunque a los 17 años bebía lo mismo que el resto de mis amigos y ninguno es alcohólico. Supongo que es algo que va con el carácter. Pero no hay que olvidar que el alcoholismo es una enfermedad mental. No todo el que bebe la desarrolla, aunque también he de decir que nadie está a salvo de padecerla.

-Pero, ¿qué tipo de gente viene aquí?

-Aquí llega gente de todo tipo y condición. Algunos lo hacen con veintitantos, otros con cuarenta y otros pasados los sesenta. Y algunos son universitarios, otros no tienen formación, hay amas de casa, jubilados... Es algo que tiene el alcoholismo, es una enfermedad muy democrática, no respeta a nadie. Ni siquiera la religión, porque tenemos compañeros musulmanes.

-¿Cuál fue su caso?

-Para mi la fiesta a los 20 años. Ahí dejó de ser divertido. Después sigues buscando aquel placer que te proporcionaba el alcohol, pero jamás vuelves a encontrarlo. Se convierte en una tortura. Yo llegué al Grupo en un estado lamentable, con convulsiones y habiendo perdido a mi mujer y mi hija. Tenía pancreatitis y me daban un año de vida. Ahora llevo dos años sobrio, he recuperado a mi familia y estoy recuperando mi vida, aprendiendo a vivir, que es de lo que se trata. Pero es fundamental no perder contacto con el Grupo, para no confiarte. Puedes terminar pensando que estás bien, que una copa no te va a hacer daño. Pero es justo la primera la que te arruina.

-¿Existe un límite que no debe traspasarse?

-El límite es diferente en cada uno, el problema es que es al propio enfermo al que más le cuesta reconocer que tiene un problema. Siempre se da cuenta antes su entorno. La cuestión es proponerse que, solo por hoy, no voy a beber. Mañana ya veré, pero hoy tengo que terminar el día sobrio. Si me planteo que no voy a tomar una copa en toda la vida me desespero. Así, día a día, sin embargo, funciona.

José Ramón F. Miembro del grupo 24 horas de Alcohólicos Anónimos