La fascinación que no cesa

FIRMAS

CÉSAR TOIMIL

El ombligo de Galicia mantiene su pegada. La huella del fuego en las fragas apenas incide en el poderoso impacto que produce su belleza.

29 ago 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

-«¡Qué pena!».

El sentido comentario hace que me gire. Es la primera vez en toda la mañana que escucho a un turista lamentarse por la huella del fuego. De visita por el itinerario más concurrido de las fragas del Eume, la inmensa mayoría se deja llevar por la embriagadora frondosidad, por el encanto del río o las brumas que filtran los rayos del sol. Estamos en una postal. Sin embargo, por el enlosado ascenso hacia el monasterio de Caaveiro, la margen derecha no puede ocultar la tragedia que le rondó en abril: el musgo chamuscado, el suelo ennegrecido... La señora que ha mostrado su pesar se llama Francisca y viene de Aranjuez con su marido, que interviene: «Pero es muy bonito, ¿eh? Y, por lo que se ve, el fuego no fue tanto. Nosotros acabamos de pasar por León y allí sí que daba pena».

Entre la veintena de turistas que ocupan el primer microbús de la mañana que une el centro de interpretación y el monasterio, ninguno desconoce que hace unos meses hubo un incendio, pero pocos le prestan atención a sus consecuencias: «En realidad, la mayoría de turistas no ven la parte que más ardió, así que todo el mundo se queda fascinado por el paisaje», comenta la chica que atiende la taberna de Caaveiro. En la exigua terraza, dos excursionistas descansan tras la caminata. Han llegado a través de una senda paralela al Eume, atrapados por su singular color esmeralda: «Yo pensé: ?A ver qué nos encontramos?. Pero luego nos avisaron de que no pasaríamos por ninguna zona quemada. Ha sido espectacular. Volveremos, sin duda».

Aspirando

«No ha sido tan grave», opina un señor de Burgos, que recuerda su disgusto cuando vio el incendio por televisión. Para reafirmarlo, su esposa se mete entre pecho y espalda varios litros de aire de una tacada y exclama: «¡Qué bien se respira aquí!». Ya lo creo. La verdad es que, desde el propio monasterio, nadie diría ahora que pasó lo que pasó.

A esas alturas, el grupo del autobús se ha disgregado por completo y en la visita guiada al monasterio solo quedamos media docena, más dos parejas jóvenes que han subido en una bicicleta eléctrica. Dos de ellos son canarios y tienen muy reciente aún la desgracia del Garajonay. Así que tampoco valoran con gravedad el entorno que están disfrutando ahora.

La guía le da interés a la visita con lo que se sabe del histórico edificio y lo que se dice de él, teniendo en cuenta las fases de abandono por las que atravesó: «Aquí hubo hasta misas negras». «No me extraña -apunta la señora de Burgos-, ¡con tantas meigas!». Paquete turístico completo: naturaleza y leyenda. Y, por qué no, un poco de catástrofe. Los negocios alrededor del parque no han notado ningún impacto negativo por el incendio: «Yo creo que más bien ha sido al contrario, que ha venido más gente», opina la joven que alquila las bicicletas a la puerta del parque. A esas horas, el aparcamiento que delimita la zona transitable está ya bastante animado. Hay más familias esperando el próximo viaje: «¿Qué espera ver?», le pregunto a una joven madre con tres pequeños:

-Una selva en Europa.

Me la quedo mirando, asombrado por la respuesta, y añade: «Lo pone en el folleto». Las fragas siguen funcionando.