Escribo este pequeño sueño a fin de que tal vez dentro de un tiempo, aparezca colgado en la Red. Quizás un estudiante del siglo XXI esté preparando una tesis doctoral sobre la educación infantil de mediados del siglo XX e investigando se encuentre con esta fotografía y estas líneas que para entonces tal vez conserven la calidez de lo eterno. Me gustaría verle escudriñando con una lupa esas caras prisioneras del celuloide fotográfico y pagaría cualquier precio por tener sus ojos y su mente y conocer las sensaciones que de la contemplación de la fotografía le habrán de sobrevenir.
Quién pudiera hablar con ese estudiante de 2058 para adornarle la tesis contándole como nosotros, cien años antes, corríamos agitados por la sangre recién estrenada a encontrarnos con la vida que esperaba como una planta carnívora agazapada tras los muros del colegio. Éramos inocentes. Desconocíamos el odio y la avaricia y no habitábamos el ámbito de la soberbia. Éramos unos seres humanos perfectos a medio cincelar por la rosa de los vientos y solo nos guiaban dos puntos cardinales. El norte, las manos tibias de la madre y el olor a tabaco del padre. El sur, el rayo de sol que entraba en primavera por el ventanal del aula y se estrellaba contra el encerado produciendo un reflejo irisado por mil tonalidades en el polvo blanco que se desprendía de la tiza manejada por respetados y sabios profesores.
No necesitábamos del este ni del oeste porque del eje inexplorado entre el norte y el sur colgaba nuestra alma transparente, blanca como la nieve de las montañas a las que pensábamos ascender en el futuro para en su cumbre desplegar las banderas que nadie había aún diseñado. Inocentes como los jilgueros de abril sabíamos huir del rayo y de su rugido. Conocíamos el espíritu de los perros callejeros y distinguíamos por el lejano traqueteo si el tranvía subía o bajaba la avenida en la que el mundo de los mayores giraba como la esfera en la que aprendíamos las tierras y los mares de la tierra.
Aunque apenas nos podíamos comunicar con ellas, siempre una niña habitaba como un hada en alguna habitación de terciopelo abierta dentro del pecho y su foto, hoy tan común, era tan solo una imagen que se guardaba colgando como un columpio detrás de la retina. Éramos los niños de la posguerra pero la fortuna nos había amparado en casas en las que nada faltaba y en mesas en las que no había que esperar a Navidad para ver sobre el blanquísimo mantel un pollo asado con puré aderezado con mantequilla. Porque había otros niños y otras niñas tan inocentes y también tan desprendidos de malos sentimientos como nosotros. Sin embargo ese ignorado dedo del destino les había procurado una vida de privaciones, de frío y de ausencia de ángeles. Niños que vagaban por los caminos bajo el viento y la lluvia o expuestos a un sol inmisericorde camino de la escuela durante más de una hora. Estos conocían el idioma de los búhos y el de los lagartos y jugaban con las faldas de las niñas. De noche, vencidos por la fatiga, soñaban ser capitanes del trasatlántico que unos meses antes se había llevado a sus padres mar adentro rumbo a la Argentina.
Éramos inocentes todos sí, y además nos creíamos eternos.