Si hay algo que hace vulnerable a la raza humana es el olvido. Los ciervos, por ejemplo, aprendieron en un pasado remoto a levantarse y echar a correr nada más nacer, lo grabaron en su información genética y no tienen que aprenderlo cada vez que nacen. Los humanos, por el contrario, nacemos como un disco duro en blanco y tenemos que reaprender todo cada generación.
Esta peculiaridad nos da la ventaja de tener una capacidad de aprendizaje sin parangón en el reino animal. Sin embargo no es necesario moverse entre distintas generaciones para ver que el olvido forma parte intrínseca de nuestra naturaleza.
Una amiga psicoanalista me dijo un día que el olvido tiene algo de desmayo; a la mente no le gusta algo y lo borra. El subconsciente nos hace de las suyas y nos retira de la cabeza información que no nos vendría mal recordar.
Sería útil acordarse de que antes de los ordenadores la gente también era capaz de vivir. Sería fantástico recordar que el que mintió suele volver a mentir. Quizá no nos deberíamos olvidar de que la democracia, la filosofía, la civilización occidental y la sociedad tal cual la conocemos nacieron en Grecia.
Hoy Grecia parece más un estorbo económico que la cuna de la que venimos todos. Quizá la ciudad de Vigo debería recordar que es la más poblada de Galicia y el centro neurálgico de la oceanografía en el país, que tiene iniciativa y músculo, una ría incomparable, una industria potente, una universidad joven y dinámica, un pasado de victorias, una historia digna de novelas y, sobre todo, una gran capacidad para hacer frente a dificultades.
Recordar, sin compararnos con nadie, puede que sea el camino para ganar un poquito de luz entre tanta oscuridad.
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