El fácil camino que va de la vida normal a la cárcel

Eduardo Eiroa Millares
e. eiroa CEE / LA VOZ

FIRMAS

Dos reclusos contaron ayer sus experiencias a los alumnos de Cee para prevenirles sobre ciertas conductas

16 may 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Javier y Joana son ante todo personas normales. Sus nombres van sin apellidos porque, aclara Javier, en la cárcel no los hay. Teixeiro es desde hace varios años su casa -o mejor, su techo, porque las celdas son todo menos un hogar-, pero después de la charla que dieron en el Agra de Raíces a todos les quedó claro que la línea que divide la vida normal de la que no lo es, es difusa, y que el camino para llegar a ese sitio en el que ni hay apellidos ni otras muchas cosas, es fácil de recorrer. El inverso, no.

Javier y Joana llegaron a Cee acompañados por Chus y Begoña, sus profesoras en la escuela de la prisión y responsables del proyecto Anoca (Aprender no Cárcere) en el que, entre otras cosas, los reclusos salen de Teixeiro para contar sus historias a los jóvenes. Seguramente no hay mejor modo de prevención.

«Ás veces no cárcere pensamos que hai xente moi mala e non é así, hai xente normaliña», dijo Chus en su explicación. De todo habrá, pero normales, muchos, personas que no se dieron mucha cuenta de hacia donde se encaminaba su vida hasta que se dieron de bruces con el hormigón de las celdas.

«Me destrozó la vida entrar en prisión, pero más me la destrozaron las drogas», se sinceró Joana, que se fue de casa a los 14 años y a los 26 estaba ya enganchada a la heroína.

Por causas relacionadas con drogas están entre rejas buena parte de los reclusos españoles. «Es muy sencillo cuando desde jovencito optas por un ocio fuera de lo normal, con cannabis y alcohol, al final llega uno, el más listo, que piensa que si somos 15 los que fumamos porros y se encarga él de comprarlo, su parte le sale gratis. Pero eso es tráfico de drogas y tiene tres años de cárcel», dice Javier.

Y a ese punto se llega sin que uno se dé cuenta. Los fines de semana se van haciendo más largos y unos excesos llevan a otros. Un día se vio enganchado a la heroína.

En prisión se pasan 15 horas al día en una celda, conviviendo siempre con las mismas personas. «La cárcel es el final de una concatenación de malas elecciones», afirma Javier, que confiesa que lleva 17 años luchando con la heroína. «¿Qué harás al salir?», preguntó un alumno. «Disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, como el olor a café por la mañana, en la cárcel no hay esos olores», le respondió. Seguro que tras la charla muchos se piensan las cosas dos veces. Las drogas, quedó claro, pueden arruinar la vida de quien las consume de muchas maneras distintas.

charla de anoca