A Ignacio Laya, su trabajo en una empresa eólica lo ha llevado a recorrer el mundo. Su última parada, de momento, está en Polonia
28 abr 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Puestos a narrar la historia de Ignacio Laya, podríamos buscar un arranque de cuento. Sonaría así: había una vez un hombre que viajaba en una ráfaga de viento. La lírica puede resultar excesiva, pero el fondo de la frase es real. Ignacio Laya, cambadés de 41 años, trabaja en una potente empresa eólica que tiene negocios en buena parte del globo terráqueo. Él, que es especialista en poner en marcha las aspas de los molinos de viento, lleva varios años viajando allá donde su empresa necesita de sus conocimientos. Ha estado en Chipre, en Turquía, en Bulgaria, en Rumanía y en Lituania. Y ahora ha montado su hogar temporal en la ciudad de Gdansk, en Polonia.
No es mal sitio Polonia para un cambadés, y eso que allí «no hay bares para tomarse unas cañas y unas tapas, eso no existe». En ese frío país del norte de Europa, la gente se divierte de otra forma, con otro estilo. La noche, por ejemplo, se vive en «restaurantes que tienen una zona de baile. Una especie del hogar del jubilado pero para la gente joven», bromea.
Tal vez no sea tan extraño que los polacos busquen toda la diversión en el mismo sitio, sin moverse demasiado: en la calle hace un frío que pela. «En invierno las temperaturas son extremas. Yo he estado a menos 25 grados», cuenta. Cuando le tocó pasar por ese trance lo soportó con paciencia y «mucha ropa encima». Y, también, imitando a la gente de su entorno, que no se para ni cuando la nieve cae sin tregua. «Están muy preparados para este tipo de cosas, la ciudad no interrumpe su ritmo por una nevada, y eso que las he visto fuertes de verdad, de las que ahí en España lo colapsarían todo», señala el cambadés.
Cuando sí cambia el pulso de la ciudad de Gdansk es durante determinadas épocas del año: los polacos viven «muy en familia» fechas como la Navidad o la Semana Santa. «Son muy religiosos, y a quien más plegarias dedican es al anterior papa, Juan Pablo II. En todas las iglesias hay una especie de capillas dedicadas a él, y cada vez que he visitado un monumento, ahí es donde siempre he visto más gente», relata.
Aunque en Polonia lleva ya desde el mes de octubre del año pasado, las estancias de Ignacio en los muchos países en los que ya ha vivido no tienen una duración estándar. En tierras polacas le ha dado tiempo a habituarse a muchas cosas, como por ejemplo la comida. «No se parece a la nuestra. Es muy especiada, con condimentos muy fuertes», señala. Pero le gusta. No puede decir lo mismo de otros lugares en los que le ha tocado vivir. «En Turquía me pasé dos meses y medio, y creo que todos los días comí gambas al ajillo y kebabs», señala.
De su paso por el país puente entre Occidente y Oriente parece haber sacado Ignacio una conclusión: la de que prefiere residir en países en los que la gente, sus creencias y sus modos de vida, «se parezcan a nosotros».