A por la guinda del pastel

Aleixandre Méndez
Álex Méndez PONTEVEDRA / LA VOZ

FIRMAS

RAMON LEIRO

20 abr 2012 . Actualizado a las 10:30 h.

La carrera de Javier Gómez Noya es una historia plagada de éxitos deportivos. Pero también, y sobre todo, es un ejemplo de cómo sobreponerse a las dificultades saliendo reforzado, inmune al desánimo. Su capacidad de superación le ha permitido convertirse en el mejor triatleta español de todos los tiempos, con un palmarés envidiable al que solo le falta completar una línea: la que espera cubrir este verano consiguiendo el oro olímpico.

Javi se inició a nivel competitivo en la natación, aunque desde niño mostró un interés especial por diferentes deportes, lo que le llevó a descubrir el triatlón casi por casualidad. «Siempre fui muy activo: me gustaba correr, la bici, jugar al fútbol... Hasta que a los 15 años, unos compañeros me dijeron que había un triatlón cerca de mi casa, y como sabían que me gustaban todos los deportes, me animaron a probar», recuerda.

Después de aquella primera experiencia, Javi siguió compitiendo en natación, aprovechando el verano para participar en triatlones, y los resultados no tardaron en llegar. En categoría júnior y casi sin proponérselo, Gómez Noya se alzó con el título de campeón de España júnior, al que también sumó el Europeo de duatlón. El salto al triatlón estaba ya decidido.

Una carrera llena de obstáculos

Con solo 16 años y un futuro más que prometedor, Javi se encontró con su primera gran piedra en el camino, cuando en un control rutinario en el Consejo Superior de Deportes le detectan una anomalía en el corazón y la Federación decide retirarle la licencia. «En un primer momento me asusté un poco, así que visité a diferentes especialistas tanto en España e incluso en el extranjero y después de muchas pruebas, me dijeron que podía practicar deporte de alto nivel sin problemas», explica.

Sin embargo, la Federación Española se cerró en banda, lo que provocó que hasta finales de 2003 no pudiese volver a competir a nivel internacional. «Ese año fui al mundial sub-23 de Nueva Zelanda en diciembre y lo gané sin estar al 100 %. Fue un punto de inflexión en mi carrera que me hizo creer que podía ir a unos Juegos», afirma. Javi siguió trabajando con Atenas 2004 en el horizonte, pero pese a terminar octavo en el Europeo y el Mundial en categoría absoluta, el seleccionador decidió dejarlo fuera del equipo. «Para mí fue una injusticia, porque yo consideraba que me había ganado estar allí en las carreras. Pero tenía 21 años y no desesperé, porque sabía que tendría más oportunidades en el futuro», apunta.

En 2005 volvieron los problemas con su licencia, que no acabarían definitivamente hasta 2006. A partir de ese año, Javi comenzó a recuperar el tiempo perdido, acumulando títulos y medallas internacionales durante tres años en los que apenas se bajó del podio, plantándose a las puertas de los Juegos de Pekín como máximo favorito. Sin embargo, una lesión en el talón de Aquiles le impidió rendir a su mejor nivel, quedándose a las puertas de las medallas al finalizar cuarto. Pero ni siquiera aquello consiguió minar su ánimo. «Claro que es un palo, sobre todo cuando sabes que la preparación no fue como te hubiera gustado. Pero bueno, las carreras son así», señala, resignado.

Desde entonces, Javi ha seguido acumulando triunfos, mejorando marcas, superando retos. Ahora su gran sueño es conseguir el título que le falta en Londres, donde tendrá que superar a los hermanos Brownlee, sus grandes rivales en los últimos años. Sabe que el reto no será fácil. Pero nada de lo que ha conseguido en su carrera lo ha sido. Así, las victorias, saben mejor.

En los Juegos de Pekín, una inoportuna lesión le apartó de la lucha por el oro olímpico