Gestos esenciales en Ámsterdam

Rosa Estévez
rosa estévez VILAGARCÍA / LA VOZ

FIRMAS

Matías descubrió un día que no solo quería ser bailarín: quería diseñar movimientos. Tras su sueño viajó de Cambados a Holanda

14 abr 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Matías Daporta decidió hace ya tiempo que iba a perseguir sus sueños. Que iba a correr tras ellos hasta alcanzarlos. Esa carrera lo ha llevado a Ámsterdam, esa ciudad con puerto -así lo cantaba Jacques Brel- en la que los marineros huían del recuerdo de todo lo que habían querido ser y nunca habían sido. Matías no tiene nada que ver con los viejos lobos de mar de la canción. Desde pequeño quiso ser bailarín, y lo logró. Luego, «llegó un momento en el que descubrí que un bailarín tiene que seguir las reglas que marcan otros. Y yo no quería eso. Yo quería encontrar mis propias reglas». Así que decidió adentrarse en el mundo de la coreografía. Tal vez fuese su determinación -la misma que años atrás lo llevó a no rendirse hasta entrar en el Conservatorio de Madrid- la que le abrió las puertas de una selecta escuela en Ámsterdam.

En la ciudad con puerto y canales, este joven cambadés está cumpliendo su destino. Pero no solo el suyo. «De alguna manera, estoy viviendo el sueño que mi madre no pudo vivir». Su madre, Olga González, es la directora de la compañía de teatro Caracol. Así que al joven Matías, la pasión por el arte le llegó por imposición genética. De su madre le llegó también todo el respaldo necesario para llegar a donde lo ha hecho. Lleva dos años en Ámsterdam y le quedan otros dos, estudiando con los mejores coreógrafos de Europa, «investigando movimientos», diseñando gestos.

El futuro es algo que Matías, a sus 25 años recién cumplidos, mide en tiempos cortos. De momento va a acabar sus estudios en la escuela de artes escénicas Theaterschool-Hogeschool voor de Kunsten. Después la vida dirá. De momento, se conforma con exprimir el presente en una ciudad que se le antoja fría. Y no solo porque «aquí aún no empezó la primavera». No solo porque «llueva mucho y las temperaturas sean muy bajas». En Ámsterdam el frío que nota Matías es diferente. «La gente es muy independiente, no se relaciona, no parece que lo necesiten. Comen a las doce, cenan a las seis, con lo que lo de tomarse una caña a media tarde, ni de broma. Aquí todo va más por Facebook». Quizás por eso, Matías recomienda «navegar en barca por los canales, sobretodo por la noche, cuando puedes ver a través de los grandes ventanales como la gente se va a dormir y como la ciudad se va quedando en silencio».

En la distancia, el calor de casa se echa de menos, igual que se echa de menos la comida. Porque se cumple el tópico y Matías, llegado este punto, se muestra inflexible: «Aquí no saben comer». «Sobre todo, echo de menos el buen producto. Aquí los vegetales parecen todos artificiales. Son muy bonitos para hacerles una foto, pero los pruebas y no saben a nada». Hacerse con un buen aceite de oliva es posible, pero terriblemente caro. «Así que una tortilla de patatas se puede considerar casi casi un producto de lujo». Menos mal que en Cambados, las cosas buenas siguen esperándolo.