Ahí está, en primera fila, hablando animadamente por teléfono móvil, el alcalde de Vigo. Estamos en la manifestación que organizan UGT y CC.OO. 29 de marzo, huelga general. Ya hemos llegado a las puertas de la Delegación de la Xunta. La manifestación es impresionante. No hay otro adjetivo. Desde donde nos encontramos, es imposible calcular cuánta gente puede haber, porque todavía quedan manifestantes bajando la Gran Vía. Y ahí está el alcalde, animado, al móvil. Unos sindicalistas se bajan del escenario, se acercan a él, les sonríe y luego les habla. Los sindicalistas vuelven, hacen corrillo y debaten. Abel Caballero les ha dado la cifra oficial de manifestantes, previsiblemente tras hablar con la Policía Local. Los sindicalistas lo comentan y pactan decir que hay «máis de cen mil». La Alcaldía dirá después, citando a la policía, que hay 85.000. Yo no discuto ni una cifra ni otra, porque no sé cuántas son cien mil ni 85.000 personas. Si me dijeran la mitad, seguiría boquiabierto. Solo sé lo que veo: la manifestación es abrumadora.
No se sabe qué transmitió el alcalde a los sindicalistas. No se sabe quién estaba al otro lado de la línea telefónica. No se sabe qué cifra dio, si se confundió, si se la inventó, si escuchó mal en medio del barullo o si la dijo a voleo. Solo se sabe que el alcalde es el jefe de la Policía Local, que apoyó una de las tres manifestaciones que había en Vigo y que la Policía Local dijo que esta cuadriplicó a las otras dos juntas.
Respeto a quien, pudiendo estar en la playa cuando el sol aprieta, decide salir a la calle a decir lo que piensa, sean cien mil o cien. Aquellos contra quienes protestan deberían tomar nota. Lo que no respeto es que los políticos, sonrientes y animados, los encabecen y disparen declaraciones a cuanto micro se les pone a tiro. ¿Qué pinta ahí esa gente, en primer plano? Y, sobre todo, ¿por qué les dejan?
angel.paniagua@lavoz.es
¿Qué pintan los políticos detrás de las pancartas de las protestas?