Crítica de Arte
02 abr 2012 . Actualizado a las 07:00 h.A lo largo de la Semana Santa Ferrolana, y por decimoquinto año consecutivo, podemos visitar el ya clásico Equiocio en el Recinto Ferial Punta Arnela. Dentro de esta feria dedicada al mundo del caballo, nos encontramos este año con una interesante exposición de pintura y fotografía de Noemí Otamendi, en la que el protagonista, como no podía ser de otro modo, es el mundo equino. Una selección de obras realizadas a lo largo de diez años que muestran la evolución del trabajo de la artista desde puntos de vista bien distinto tanto en medios como en resultados. Así, pues, empezando por la obra más antigua, tenemos un gran lienzo al oleo en donde el protagonista es un caballo a tamaño natural, perfectamente dibujado y delicadamente pintado a base de veladuras que permiten apreciar el boceto inicial. La obra no tiene más fondo que el lienzo blanco, así que podríamos hablar de pintura realista, incluso hiperrealista, pero la ausencia de paisaje, la soledad del protagonista, el modo tan ligero en el que la pintora decide poner el color nos remite a la sensación de lámina de libro antiguo, libro de aprendizaje en el que la única pretensión es el mostrar lo que se ve, sin más pretensión que la claridad de lo dibujado. Pero no debemos frenar nuestro análisis en las formas o el método ya que así nos quedaríamos en la superficie y lo realmente interesante es tanto el total del cuadro como la relación entre las obras de las distintas etapas expuestas.
Avanzando temporalmente Noemí Otamendi expone una serie de fotos en blanco y negro en donde va más allá en su personal análisis, de modo que, como si cogiera una lupa, se va acercando al animal y nos presenta aquellos fragmentos que le parecen más interesante de la estética equina. Así, texturas, volúmenes, formas, incluso movimientos y momentos son recogidos por su cámara y mediante los cuales nos sigue dando datos sobre su especial visión de la estética equina, estética que cada vez aparece más distanciada de la tradicional percepción que rodea este mundo.
Esta, podríamos decir, fragmentación del animal, encaminada hacia su completo y neto conocimiento, se hace más evidente si cabe en las siguientes obras, en las que la frialdad de los materiales se acentúa al utilizar aluminio y lacas, y nos hace intuir un distanciamiento físico y táctil, haciendo del caballo un objeto de análisis anatómico. Este hecho se confirma concretamente en una obra en la que se nos presenta el sistema sanguíneo del caballo dibujado en un amable color rosa sobre aluminio como si de un esquema científico se tratara.
Tras este estudio tan concienzudo del animal, tras este práctico y necesario ejercicio de alejamiento en el que Noemí consigue conocer tan bien las calidades equinas, da una vuelta de tuerca y retoma el origen, vuelve al óleo y a la tela, pero de un modo nuevo y liberador en el que la silueta, el dibujo quedan limpias como nunca de paja. Los músculos, los volúmenes, la gracilidad del animal se hacen los reyes del lienzo, ahora ya sin accesorios, tras lo aprendido queda la esencia, de modo que el gesto, la memoria, el saber de la artista, son en realidad los protagonistas.
crítica de arte
Equiocio, Punta Arnela.
Del 5 al 8 de abril.
Continuo.