Que el BNG se ha convertido en una formación sin rumbo, sin un proyecto político claro, es algo que piensa casi todo el mundo salvo la UPG y los cargos institucionales que tienen pánico al frío que hace fuera. Justo cuando más se le achaca su falta de vocación de gobierno, su enquistamiento ideológico y su incapacidad para conectar con buena parte de la sociedad gallega, se destapan episodios como el de Vigo. En las últimas elecciones, los nacionalistas perdieron en esta ciudad dos de sus cinco concejales, los mismos que subió el PSOE, y optaron por pasarse a la oposición. Alegaron entonces que el socialista Abel Caballero no había respetado su trabajo y que se comportaba como una especie de virrey que trataba a los ciudadanos como súbditos. El alcalde tiró entonces para adelante con un gobierno en minoría y no le dolieron prendas al descalificar varios de los proyectos que habían puesto en marcha sus exsocios. Pese a esos desprecios públicos, el Bloque no ha tardado ni un año en darle a Caballero el oxígeno que necesitaba, aprobándole unos presupuestos a cambio de pírricas concesiones. ¿Es este el proyecto político que vende el nacionalismo ortodoxo? ¿Aspira a eternizarse en el papel de acólito del PSOE, incapaz de emerger como parte de un gobierno con su propia pegada e incapaz de apretar las tuercas como grupo de la oposición? Ni chicha ni limoná, que diría el clásico. Los socialistas de Vigo están cómodos con esta muleta. Ya les salen las cuentas para ir tirando el resto de mandato, aunque sea a base de prórrogas.