Desde que Rajoy vive en La Moncloa reina el desconcierto. Pero como en Vigo todo ocurre al revés, desde que gobierna Rajoy, las cosas han vuelto a su estado natural. Lo advertí el día en que vi paseando a varios ediles socialistas, Urzaiz abajo, en medio de la enorme manifestación contra la reforma laboral. Iban aliviados: ya podían salir a la calle.
Necesitaba más síntomas de normalidad. Los encontré en la concejala del PP Marián García: o reforma laboral o «enriquecer a los sindicatos», dio a elegir en un pleno. Porque siempre ha sido mejor insultar que argumentar. Le respondió la veterana socialista Isaura Abelairas, que la llamó «fascista». Fascista sirve para todo, para un militante de Falange, para quien opina distinto, para quien no sabe fregar los platos...
No acababa de creérmelo. Pero en esas vi al presidente del PP local, José Manuel Figueroa, posando risueño con el de la Cámara de Comercio, José García Costas. Los empresarios posan más cómodos con el PP que con el PSOE. Pero cuando lo de la fusión de las cajas, a García Costas, que es del PP, se lo veía bien a gusto con Caballero. Figueroa reclamaba al empresario que no opinase contra la fusión porque tenía «intereses» y este se puso chulo: «Cuando no tienes ni idea de algo, mejor no te metas, porque la vas a joder». Y, pelillos a la mar, ahora se abrazan. Los empresarios posan con el PP y los sindicatos no quieren ni fotos. UGT y CC.OO. exigen diálogo pero, incómodos con hablar hacia la derecha, se niegan a recibir a Figueroa. Mejor dialogar con quien te da la razón: se pierde menos tiempo.
Pero como soy escéptico, hasta ayer no acabé de creerme que hemos vuelto a la más aburrida normalidad. Caballero colocó a Santiago Domínguez en el Consorcio del Casco Vello. Como en los viejos tiempos. Yo creo que se casan, otra vez. Por lo civil, digo por lo político.
angel.paniagua@lavoz.es