El Museo expondrá en varias salas del Sexto Edificio sus obras de Nóvoa

María Conde PONTEVEDRA / LA VOZ

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Los dos últimos cuadros que incorporó la entidad fueron donación del artista

09 mar 2012 . Actualizado a las 06:00 h.

Pontevedra guardaba un lugar especial en la memoria del recientemente fallecido Leopoldo Nóvoa, estrechamente vinculado a sus recuerdos de infancia. Y la memoria que del genial artista custodia el museo de su ciudad natal estará a la vista de los pontevedreses en los próximos meses, en varias salas de la tercera planta del Sexto Edificio, en cuanto se completen los trabajos de musealización.

Cinco, o mejor dicho seis, son las obras que de Nóvoa custodia el Museo de Pontevedra. Su director, Carlos Valle, destaca aunque es un número escaso si se comparan con las que poseen otras instituciones, estas ofrecen, además de su extraordinaria calidad, «el interés de documentar a la perfección sus distintos períodos creativos».

La obra más antigua y también la más curiosa, porque se trata de un óleo pintado por las dos caras, data de 1952. Vendedor ambulante en Buenos Aires y Paisaje marinero son los títulos ofrece, según Valle «un magnífico testimonio de sus inicios, marcados por sus recuerdos de Galicia y el impacto de las formulaciones de Torres García y Seoane, sus amigos y mentores en las tierras bañadas por el Río de la Plata».

No obstante, la primera que poseyó el Museo es Forma rota con trazo leve, de 1995, y el director de la entidad destaca que es muy representativa de lo que por esos años era su producción, con el empleo de materiales «no convencionales». «La arena y las pequeñas piedras, por ejemplo, adquieren un protagonismo más determinante que la ceniza», señala.

Entre medias hay otra pieza, datada en 1970, que es Rouge à relief oblique dominant, de técnica mixta sobre tela, un trabajo monocolor, en rojo intenso, en el que Nóvoa pone de manifiesto su voluntad transgresora, «su interés por ir más allá de los límites del cuadro, su ruptura con la planitud y bidimensionalidad».

El artista completó personalmente este legado con otras dos obras que donó junto a su esposa, Susana Carlson, hace solo dos años. Son dos trabajos de gran formato, Negros con relieves y mecate oblicuo, de 1974, y Gran negro vertical con relieves y mecates, de 2001. «Separadas por casi treinta años -cuenta Valle-, muestran la importancia que el negro tiene en el quehacer creativo del artista». Añade que este color, difícil de dominar, adquirió una marcada presencia en la obra de Leopoldo Nóvoa a partir del incendio que arrasó su taller parisino en 1979, con dos mil piezas en su interior, suyas y de otros autores. «En este dramático hecho, asumido sorprendentemente en clave positiva por él, se fundamenta la introducción desde entonces de la ceniza en su particular universo artístico».