Julio Camba falleció en la clínica Covesa de Madrid el 28 de febrero de 1962. El escritor sufrió una embolia cerebral que forzó su traslado desde el hotel Palace al sanatorio donde ya no pudo recuperarse y falleció a los pocos días. La triste noticia impactó en Vilanova, donde era un personaje querido y admirado por su bien ganado prestigio como escritor. Además de ser unos de los grandes periodistas españoles del siglo XX, Camba demostró en toda su carrera profesional un cariño muy especial e incluso orgullo de su pueblo.
En sus crónicas de viajes, en sus artículos costumbristas, en sus citas parlamentarias, en sus relatos, siempre encontramos alusiones o evocaciones nostálgicas de Vilanova y de la ría de Arousa. Una nostalgia que mantuvo toda la vida, pues Vilanova fue para él un refugio en el que descansar y relajarse cada vez que deseaba huir de la gran urbe o reponerse de sus largos viajes. Fue siempre uno de los nuestros, que solo dejó de venir por aquí cuando se sintió viejo y enfermo. Era tan vilanovés que disfrutaba «inventando» el tobogán en El Peón, paseando por las obras del puerto, jugando a las cartas en el antiguo Casino del Cabo, degustando una sardiñada con el farmacéutico Pepe Roig, charlando con sus amigos Pastor Pombo, Francisco Lafuente y Manuel Martínez, jugando al ajedrez con el abuelo de Ita Abalo, navegando en la gamela de Ventura Portas, contemplando el paisaje desde la Farola o tomando el sol en sirolas en las calas del Terrón?
Julio fue un niño rebelde, travieso e incorregible, capaz de sacar de sus casillas al padre, al maestro y al cura del pueblo. Precisamente, en el artículo Los Curas de Aldea se autodefine como un Don Juan ateo, seductor y cruel (véase la diferencia con el Marqués de Bradomín valleinclaniano que se declaraba «feo, católico y sentimental»). Como contrapunto a su irreverente ardor juvenil podemos interponer las cartas a su madre, en las cuales muestra una menos conocida, y ya más madura, vertiente sentimental.
En una misiva desde París (fechada en noviembre de 1924) Julio le anuncia que va a embarcar rumbo al Perú y que va a hacer la travesía a bordo del trasatlántico Majestic. Para tranquilizar a doña Juana, preocupada por sus continuas aventuras viajeras, le escribe: «No tema usted madre, que es tan grande este barco como desde la punta del Cabo hasta el Montiño. Ya comprenderá usted que en un barco así no hay posibilidad de marearse».