El poder de los símbolos

FIRMAS

Iñaki Urdangarin defendió ayer su inocencia y su honor. Como a cualquier otra persona, debe dársele la oportunidad de explicarse y de justificarse. Y lo hizo cargando sobre su socio la culpa de la gestión mientras se presentaba a sí mismo como un representante institucional. Aunque aceptáramos su tesis, resulta increíble que no fuera consciente de la desproporción de los ingresos y del destino de los mismos. Porque, de lo contrario, quedaría en evidencia hasta su cargo actual. Así que, responsabilidades penales al margen, que no son objeto de esta columna, su declaración llega cargada de culpa. Porque muestra que se aprovechó de su posición en la familia real para hacer negocios. Este es su talón de Aquiles. Usurpó un símbolo del Estado, la Corona, en su beneficio particular. Y era, o debía ser, consciente de ello. Ese es su pecado original, que lo convierte para muchos en la personificación de la podredumbre moral de la era del pelotazo. La de quienes se prevalieron de su cercanía al poder para cuartear las arcas públicas. No sería el único, pero sí el de efectos más perniciosos, porque enfanga una institución que debería ser ejemplar en tanto nos representa a todos. Y cuando ese todos paga muy cara una crisis de la que es víctima principal, busca culpables y descarga su ira e indignación contra quien encarna a una institución que con su falta de transparencia y no siempre claras connivencias, puestas en evidencia por lujosos regalos, ha dilapidado buena parte del caudal de afectos ganado en época de bonanza. Es el poder de los símbolos, para bien y para mal.