En la Florencia del siglo XVI a Leonardo de Vinci se lo veneraba como a un genio; el artista, a decir del arquitecto y escritor Vasari, era considerado un auténtico alter deus. No es de extrañar, pues, que por el taller de Leonardo pasaran alumnos, hábiles en el manejo del lápiz y el pincel, dispuestos a aprender de aquel maestro, que tanto pintaba como escribía tratados de pintura o inventaba máquinas para volar.
El retrato de la Mona Lisa fue un encargo de Francesco del Giocondo que el pintor nunca le entregó. Se sabía que el Museo del Prado tenía una copia del cuadro. Pero la revelación de que se trata de una obra ejecutada al mismo tiempo que el original del Louvre cambia mucho la situación, porque, sin duda, aportará nuevos e importantes datos transversales. El discípulo que lo llevó a cabo -quizá su preferido y heredero Salai- estaba viendo el mismo rostro que pintaba Leonardo. Con ansia lo seguiría en cada pincelada, trazando con detalle el paisaje del fondo, deteniéndose en las ondas del cabello y en la expresión de sus ojos. Seguramente también imitaría, pero sin conseguirlo, perfilar la sonrisa ambigua y bella de la joven Gioconda. Eso solo lo podían alcanzar aquellos que, como Leonardo, disfrutaban, según el cronista de la época, de cualidades únicamente «otorgadas por Dios».