quizá una de las frases que mejor defina a Newt Gingrich sea la que dijo esta semana Rick Santorum cuando describía cómo debe ser el candidato republicano: «No quiero un candidato que me obligue a preguntarme qué es lo que habrá dicho esta vez cuando abro el periódico por las mañanas». Ese candidato imprevisible es exactamente Newt Gingrich.
Un populista que a pesar de que ha ocupado cargos importantísimos en la cúpula republicana asusta a sus propios compañeros de partido, y no solo a los que compiten con él por la nominación. Y eso que este hombre de 68 años consiguió devolver a los republicanos la mayoría en la Cámara de Representantes en 1994 después de 40 años de sequía. Entonces, con Bill Clinton en la presidencia, Gingrich se convirtió en el líder del nuevo movimiento ultraconservador. Él mismo explicó ese movimiento con lo que llamó su «contrato con América»: impuestos más bajos para el capital, política social basada en la filantropía y preservación de los valores tradicionales de la familia.
Gingrich, doctor en Historia, fue durante más de 20 años representante en el Congreso por el estado de Georgia. Su gloria y caída tuvo lugar entre 1995 y 1999 cuando presidió la Cámara de Representantes. Tuvo un durísimo enfrentamiento con Clinton cuando la Cámara no aprobó el presupuesto estatal. Y también fue Gingrich su azote en el caso Lewinsky.
Pero su choque fue tan lejos que su popularidad cayó en picado y tuvo que dimitir en 1999. Desde entonces se ha dedicado a lucrativos negocios: conferenciante, escritor, comentarista político y asesor. Precisamente, una de estas «asesorías» puede ser el impedimento que le haga «no presidenciable». Y es que recibió 1,6 millones de dólares de una empresa por ser «asesor de historia», un trabajo que nunca ha explicado en qué consistió. Tampoco le favorecen sus tres matrimonios.