el periodista y escritor lucense Carlos G. Reigosa extrae algunos de los pensamientos que más le llamaron la atención en el transcurso de la última entrevista que le hizo a Fraga
22 ene 2012 . Actualizado a las 07:00 h.C uando entrevisté a Manuel Fraga por última vez, en agosto del 2008 en su casa de Perbes (A Coruña), me dijo: «Yo siempre estuve dentro de la religión cristiana. No aspiro a ser un santo, pero sí un cumplidor. Creo que cumplí bastante bien lo que se espera de un político cristiano. Ahora solo quiero no hacer nada contrario a lo que hice». El fundador del PP miraba hacia atrás sin ira y con «el sosiego del deber cumplido». De Adolfo Suárez dijo que «dio buenos resultados», y de Felipe González, que «siempre fue un hombre de consenso». Me parecía un Fraga desconocido y se lo dije. Me respondió: «Tiene usted derecho a preguntar lo que quiera, una vez que yo acepté la entrevista. Las respuestas son cosa mía». Aquel día repasamos con inevitable precipitación -ya se fatigaba bastante- su casi inabarcable biografía. Nacido en Vilalba (Lugo) en 1922, tenía 13 años cuando empezó la Guerra Civil, y aquel trienio de sangre y fuego decidió su futuro. «Me prometí a mí mismo que dedicaría el resto de mi vida a que no volviese a suceder nada igual».
Conocía bien la historia del siglo XIX, «que es terrible». Lo que vino después fue una sucesión de números uno en sus estudios y oposiciones, y el temprano comienzo de su carrera política. Fue el primer delegado de asociaciones y consiguió que hubiese elecciones por el tercio familiar. Luego dirigió el Instituto de Estudios Políticos, fue secretario general técnico del Ministerio de Educación con Ruiz-Giménez y en 1962 fue nombrado ministro de Información y Turismo, puesto en el que se hizo notar como el ciclón Fraga y en el que estuvo hasta 1969. Fue el tiempo de la ley de prensa, los paradores nacionales, los teleclubes, el «Spain is different» y, en suma, la conversión del turismo en nuestra gran fuente de divisas. Y también la hora de los recelos. «A los economistas del Opus -dijo- les fastidiaba que fuese yo el que estuviese pagando la factura, y querían que diese cifras más bajas que las reales. Yo dije que había que dar las verdaderas, como en todo». Pero llegó el caso Matesa (exportaciones irregulares y delitos monetarios) y el Opus cargó de nuevo contra él por no atajar el acoso mediático. «Al final, los de la famosa Obra -dijo- consiguieron quitarme, porque yo les restaba el mérito del desarrollo económico».
Eran los años del franquismo y Fraga se comportaba con una completa lealtad personal e institucional, convencido de que todos los cambios deberían llegar por la vía de las reformas. Por ello, tras salir de Información y Turismo, empezó a impulsar un proyecto constitucional, que algunos franquistas tacharon de «revolucionario» y que él defendía como «lo que impide la revolución». Un plan de reformas que, desaparecido Franco, intentó desarrollar como vicepresidente del Gobierno. Pero la resistencia del presidente Arias acabó por frenarlo, arrastrando a Fraga en el relevo previsto por el rey Juan Carlos I. Creo que el día políticamente más triste de su vida fue ese, cuando se enteró de que el nuevo presidente era Adolfo Suárez, y no él, que lo tenía todo previsto. Ese día tal vez sospechó que, como Moisés, nunca llegaría a la tierra prometida. Convencido de que el partido de Suárez (UCD) estaba hecho desde arriba y sin unas bases sólidas, acometió con tesón el objetivo de articular el espacio de centroderecha en España. Pasados los años, no cabe duda de que esta ha sido su gran aportación a la democracia española. La muerte de Fraga significa el cierre testimonial de una transición culminada hace años. Él es tal vez el último eslabón entre el franquismo -del que nunca renegó- y la democracia -de la que se declaró apasionado-. Cuando terminamos la conversación del 2008, me dijo que el futuro de España «básicamente está bien. Hay que resolver el problema de las autonomías. El artículo 155 está para ser aplicado. Es necesario mantener el equilibrio que establece la propia Constitución, pero que no se aplica en algunas partes». Quizá fue esta su última inquietud política.
Por
ESCRITOR Y PERIODISTA