Tolerancia


Ferrol

Se me deshilvana la fecha en una memoria hecha unos zorros, pero probablemente haya sido hacia finales de los años noventa del siglo pasado, al tiempo que fraguó el hartazgo de los no fumadores a ser envenenados, cuando floreció un primoroso movimiento que se denominó algo así como fumadores por la tolerancia. Era una seráfica apelación de los tabaquistas a que les permitiesen, siempre con buen rollito, intoxicar al vecino. Ser tolerantes con los fumadores quería decir respirar el aire emponzoñado y cancerígeno con el que ellos se dopaban, pero hacerlo con buena cara. Una delicia de mundo feliz y guay. El devenir legislativo, o lo que es lo mismo, la creciente conciencia cívica de la sociedad, puso fin a aquella necia pretensión de conceder preeminencia a una toxicomanía sobre la salud pública. Tolerancia frustrada. Estos días, con el pretexto del Pantín Classic, que tanto bienestar trae a la comarca, se erige un monumento a la verborrea, a la laringe de acero de los locutores, se rinde homenaje a la fértil facundia bilingüe con el empleo de misiles megafónicos de largo alcance. Lástima que el monolito al parloteo incesante se hinque en medio del espacio sonoro de los inocentes. Tolerancia en carne viva. Creo advertir que con los perros sucede algo semejante. En este momento de la partida, todavía somos los sufridores los que nos vemos en la necesidad de dar explicaciones a quienes invaden nuestro entorno de tranquilidad con sus consentidos canes para ver si, con un poco de suerte y sin malas maneras, acceden a llevarse el animal (iba a decir a cagar a otra parte) a donde no molesten o intimiden. De chuchos en las playas, ni les cuento. Tolerancia.

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