Adolfo Rey Seijo, mi amigo Fito, se ha ido y me deja ese espacio vacío que queda en el alma cuando un amigo se va. Descansa ya en su querida Carantoña. Como Anteo, el héroe griego, necesitaba pisar esa tierra para recuperar la energía gastada en su intensa y comprometida trayectoria vital. El aire que se respira hoy en Carantoña guarda el aroma del sufrimiento que acompañó a Fito en los últimos meses y que intentaba calmar abrazando ese espacio con una mirada que buscaba respuestas? La sombra de su figura nunca abandonará su Escorial particular. Allí estará, para escuchar y responder a quien se acerque a recordarlo.
Pero no solo la tierra de Carantoña reconoce las huellas de Adolfo. Las calles de Pontedeume, sus rincones, sus gentes, custodiarán el recuerdo de quien fue apasionado y fiel embajador de este pueblo, que era su otro hogar y cuyas estancias ocupaba el Adolfo doctor; tertuliano de café; marinero; humorista socarrón, cazador de pequeñas y paisanas genialidades, que incorporaba con gran ingenio a su cotidiana conversación con quien se le acercaba. Porque, Adolfo no conocía otra relación que la del hombre que mira a los ojos del otro y le extiende la mano para estrechar la suya. Y el apretón terminaba, en ocasiones, en ayuda, pedida o intuida. En lo profesional, miles de pacientes, entre los que me encuentro, recibimos de él una atención de excelencia, profesional y humana, que no abunda pero también cura.
Mi recuerdo más entrañable y emotivo será para mi admirada Maricarmen, su mujer. Su elegancia integral y sencilla en el ser y en el estar se funde con el amor sin condiciones. Y para sus hijos, apiñados alrededor del padre con una entrega y un amor sin calificativo posible. En ellos lo tendremos siempre?
A quienes lo queremos, su despedida nos deja la estampa de las lágrimas de cientos de rostros de toda condición. Es este el universo de Fito, que tenía un corazón tan grande que un día se le rompió.