«Se pechan o paso, pechan o pobo»

Muchos vecinos viven divididos por las vías del tren en Narón y aseguran que no les queda otra que atravesarlas


NARÓN, FENE

A un lado, la calle Cerrallón de Arriba, al otro, Cerrallón de Abaixo. Comparten nombre, están en Narón y están pegadas, pero entre una y otra parece haber un mundo. Sobre todo para las personas mayores. Por el medio pasa la vía del tren, la de Feve, que en esta zona supone un problema del día a día para los vecinos. En apenas medio kilómetro se concentran varios puntos a tener en cuenta. Por una parte el puente de la carretera de Cedeira, que sería el único paso adecuado, aunque para ir por encima desde ambas calles hay que dar una gran vuelta. Por ello, en dirección al apeadero de Piñeiros uno se encuentra tres pasos a nivel improvisados, tres sendas que prácticamente ejercen como pasos de peatones.

La del medio es como una continuación de la calle García Morato, perpendicular a Cerrallón de Abaixo. Allí las piedras que añadieron hace unas semanas dejaron medio oculta una manta. Sí, una manta, que había sido colocada ahí como una especie de alfombra de entrada al paso a nivel. Al lado, una señal en rojo que indica «Prohibido el paso». Eso sí, las vallas están abiertas. «Se pechan este paso, pechan o pobo», zanja Consuelo Pérez, que a sus 85 años sigue atravesando los raíles, como puede, cada día. «Agárrome alí e logo aló», explica mientras se apoya en la valla. Se cayó más de una vez, pero su itinerario no cambia. «Está prohibido o paso, pero temos que pasar igual». Prácticamente cada vecino de la zona tiene un tropezón para contar. «Caín eu, ti, miña filla, a túa...», le dice Carmen Calvo a Carmen Sixto. «Aquí pasa todo o día xente para arriba e para abaixo, dende nós ata os nenos que van á escola», añade. Y es que, el hecho de que por un lado estén los servicios de la carretera de Cedeira y por otro los de la carretera de Castilla hace que sea necesario atravesar de una parte a otra.

«Caemos, pero volvemos»

El Feve por esa zona no circula a gran velocidad y nunca ocurrió nada grave, aunque en alguna ocasión fue por poco. «Unha vez caín e tiven que arrastrarme para que non me collera o tren. Ese día pasei medo, pero caemos e caemos, e volvemos», comenta Divina Gómez, hija de Anuncia Couto, quien cree que «isto é un crime». Que se lo digan a Celestino Lorenzo, que a sus 86 años y con una muleta, todavía tiene que utilizarlo de vez en cuando. «E que doutra forma, quedamos incomunicados», recalca. Cada piedra, cada traviesa y cada raíl supone un gran peligro.

Este es el lugar más llamativo, pero antes hay uno más, aunque más llano y cementado, y hacia el otro lado está el tercero improvisado. Este último está pegado a un puente por el que pasan los vehículos -una especie de «U»- y en el que los peatones son los grandes olvidados. Sería ideal para ir caminando, pero casi ni cabe un coche y, por lo tanto, también es un riesgo. Por lo tanto, vecinos como Estefanía Fernández también saltan las vías. En su caso, a veces con el bebé en brazos y con el perro. «Por el puente me lleva el triple de tiempo y de noche, como haya un poco de niebla, lo noto más inseguro», cuenta. A unos metros está el apeadero de Piñeiros, en el que es difícil ver algún usuario. La zona no deja de ser un ejemplo más de una infraestructura de ferrocarril anclada en el pasado.

Un itinerario repleto de puntos pegados al paso del ferrocarril

El ferrocarril que parte de la estación de Ferrol se encuentran en su camino con numerosos puntos en los que los peatones pueden acceder con facilidad a la vía. De hecho, siguiendo en dirección hacia Neda, poco después del apeadero de Piñeiros, se puede ver ganado pastando justo al lado de los raíles o alguna huerta. Allí, en el Lugar de Arriba, como la zona del tren queda algo hundida, se aprecian pequeños accesos hechos por los vecinos de tanto subir y bajar por los taludes.

Mientras, hacia la parroquia de Santa Icía, la calle de la Estación tiene una valla que impide el paso a los viandantes. En este lugar, para ir de un costado a otro existe una pasarela prácticamente en ruinas. Con estos problemas en el día a día, al menos el ruido del ferrocarril, muy leve, no supone un quebradero de cabeza para los vecinos.

Otra senda improvisada en Perlío

Un paso más conocido y con más afluencia de viandantes que los de Piñeiro es el de Perlío, en Fene, donde el barrio también queda dividido en dos mitades. En más de una ocasión ha sido motivo de protesta por parte de la entidad vecinal, que sigue aguardando por una solución. Desde la avenida Marqués de Figueroa se accede por la calle de As Cañotas y, tras pasar un camino de tierra, atravesar las vías y subir quince escalones, el paso llega hasta la calle de O Cruceiro. El itinerario de los peatones es tanto desde un lado como desde el otro. «É o que hai», lamenta Eva García, que viene de recoger a sus dos hijas pequeñas del colegio de Centieiras. «Pasamos varias veces ao día, pero xa estamos acostumados», añade. Justo en ese momento se escucha a lo lejos la bocina del tren, que avisa antes de llegar a esta zona, ubicada entre dos curvas. Una vez pasa, las tres siguen el camino.

A continuación se encuentran en los raíles una madre con su hijo -«esto es horrible», dice ella- e Isabel Pantín, que cruza con dos perros. «Estamos esperando a que hagan algo, pero por ahora es lo que hay. Lo peor es que pasan gente mayor y niños», dice. Un puente a unos cuantos metros y un paso subterráneo -en la foto- para el que hay que dar un gran rodeo son la pobre alternativa. Bajo tierra o por arriba, los usuarios de esta senda esperan pronto un remedio.

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