El fútbol no es violencia. Nada es violencia. La violencia no tiene cabida en ningún sitio. No tiene justificación. Nunca. Aunque, por desgracia, en ocasiones parezca que nos rodea, hay que saltar ese cerco.
Lo sucedido en el amistoso entre el Racing y el Celta no pasó a mayores porque, afortunadamente, hay gente con sentido común que entiende que lo que hay que hacer es dar la voz de alerta antes de lamentar desgracias. Pero esa lacra está extendida por muchos otros sitios.
Al abrigo de grupos ultras, en el territorio nacional, suele haber casi de todo. Pero animar a un equipo, sentir unos colores, no tiene nada que ver con una pelea. Nada.
Al que suscribe le gusta el fútbol. Como a tantas y tantos otros. Porque el fútbol es también reunirse con los amigos antes y después del partido. Es disfrutar de una competición. De un buen pase. De un gol. De poder ver sobre el césped toques de cancheros que hacen malabares con el esférico. El fútbol es alegrarse con la victoria y, sí, incluso disgustarse un poco con la derrota de tu equipo. El fútbol es todo eso. Es emoción. Es un buen desmarque. Un pase al hueco. Una parada que levanta a la grada del asiento... El fútbol son los nervios de un niño que va por primera vez a un campo. El fútbol es la sonrisa de la abuela que acompaña a los nietos y la de los nietos que acompañan a la abuela. El fútbol es, a veces, arte. Filigrana. Estilo. Pundonor. Magia.
El fútbol es cualquier cosa menos violencia. Que nadie se equivoque cuando el balón se pone como excusa.