Durante el fin de semana Ferrol se llenó de gente que decidió aparcar la tristeza, instalada hasta en las piedras de las calles que se quiebran al no soportar el peso de quienes llevan sobre su alma la intangible carga de la desesperanza, de la impotencia?
El sábado, cientos de prendas salieron del armario para convertirse en reclamo multicolor destinado a aliviar la situación de un comercio que lucha por sobrevivir en medio de la crisis, a lo que, en el caso A Magdalena, hay que añadir el deterioro de un barrio que espera, mientras envejece de abandono, actuaciones pendientes que le devuelvan el dinamismo perdido, para dejar de ser un lugar propicio para la nostalgia y el dolor cuando se observan las heridas del tiempo sobre su piel, que ¡podrían curarse! si se les aplicase la terapia necesaria. El domingo, miles de personas, inasequibles al desaliento, reivindicaron el naval como pilar básico de nuestra supervivencia. Fue, como siempre, una respuesta cívica a la parálisis oficial (o a la provocación de palabras como las del ministro Montoro).
Sin duda, hay vida más allá de la crisis. De nosotros depende mantener vivo el espíritu de los comerciantes, que siembran en lugar de esperar brotes verdes y el de los manifestantes que jamás se resignan. Podemos, pero todavía no queremos con coraje suficiente, hacer lo que depende de nosotros. Por ejemplo: aquellos que puedan, gastar esos euros que darían un respiro a quienes esperan que alguien entre por su puerta?