Un gris día de marzo

ARTURO LEZCANO

FERROL CIUDAD

LA MUERTE de Julio Aneiros, el intachable dirigente sindical comunista, a punto de morir a tiros en aquel gris día de marzo del 72, ya mítico, no es que nos ofrezca la ocasión sino la obligación de pagar una deuda de agradecimiento y admirado recuerdo. Aneiros era de la fibra acerada de los astilleros, parco pero generoso en sus palabras, firme en su ideario, aunque nunca dogmático. Evocamos, ya lo hemos hecho otras veces, nuestros discretos paseos nocturnos, durante los cuales nos informaba oficiosamente -contra la opinión de algunos compañeros suyos- de la lucha real, si bien amordazada, del Ferrol de la época. Sucedía en los meses anteriores a la mañana ominosa del 10 de marzo, al borde del puente de As Pías. Luego la ciudad, desmintiendo la «normalidad» televisiva, se sumió en la sordina y el vacío por más de veinticuatro horas. Además, en el plano personal, tenemos grabada la condición de caballero de Julio, a despecho de quien se rasgue las vestiduras. No podemos sino, transcurridos tantos años, sentir que Julio Aneiros se haya ido, incluso con el consuelo de que nos deja a edad tan plena.