Orlando García dejó sus estudios de perito para dedicarse a esta profesión. Una vez aprobadas las oposiciones, su primer destino fue Noia (A Coruña) y después Vitigudino (Salamanca). Hasta el año 80 no obtuvo su primer destino en la costa, en el faro de Ferrol. Aquella época la recuerda con cariño: «Antes era más bonita nuestra labor, había que tener recursos, mucha inventiva, para sacar el trabajo adelante porque había muy pocos medios. Hoy ya no es necesario un farero a pie de faro y la labor que realizamos es más de papeleo, que un trabajo técnico», dice. Escogió su trabajo para poder disfrutar de una vida tranquila y poder practicar sus aficciones, pero ahora tiene una vida completamente diferente. Todos las días se levanta a las seis de la mañana y hasta las diez de la noche no llega a casa. Avilés, San Esteban, Cudillero, Vidio, Busto, Luarca, San Agustín en Ortiguera y finalmente el Isla Tapia, donde reside, configuran su recorrido diario. Sólo la mitad de los dieciséis puertos que controlaba cuando la Autoridad Portuaria no estaba dividida en dos.Informes sobre balizamientos en cultivos marinos, en algas o en obras en los puertos se agolpan en su despacho, por eso dice que de la vida de antes no queda nada. Aun así dice que el faro como luz en medio de la noche sigue siendo imprescindible, y muchos capitanes de barco confirman que la tecnología es muy útil pero no quieren ir a ciegas. Como dice la poesía, «el gran faro giratorio, ofuscador de luceros, busca en vano en la alta noche viejas sombras de veleros».