Fene industrial


Tuvo sus comienzos industriales en 1941 en el varadero de Perlío, su primer barco de madera fue el Comandante Lobo, luego pasó a la construcción con acero en 1945, que se botó el pesquero Tabeirón, de 29 metros de eslora, que tuvo un presupuesto de 1.185.000 pesetas. Con el paso del tiempo, aquel municipio que era uno más, y con estas construcciones fue despegando lentamente, hasta que se puso al frente del astillero José María González Llanos, un hombre muy pegado a la construcción naval. Era director de Bazán, y con su poderosa personalidad como ingeniero-director pronto multiplicó por mil aquellas instalaciones, que pasarían a ser el primer astillero de la ría en la construcción de grandes petroleros y plataformas marinas. Con aquel emporio comienza el pueblo a vivir tranquilamente, junto a su agricultura, la pequeña industria y el comercio, y pronto llegarían hoteles, pensiones y cafeterías que atrapan trabajadores especializados que llegan de Japón o Estados Unidos. Algunos venían por unos días y se quedaron años como lugareños más. Astano y Fene se unen con espíritu indómito y alcanzan notoriedad en el país y en el mundo industrial. Pero aquel milagro duró unos cuantos años tan solo, hasta que llegó la tan manida crisis del sector naval, y con ella los equilibrios caldeaban la cabeza de Don José María, que después de un trabajo ímprobo en los dos astilleros de Ferrol y Fene, poco pudo hacer para salvar una situación que aún persiste. Contó con el apoyo de autoridades locales y sindicatos, pero algo magnético tiene este sector que se muestra incapaz de levantar el vuelo. Todas las autoridades locales, desde Rivera Arnoso, que siendo alcalde hizo que las familias emergieran con el nuevo poder del pueblo, hasta el actual Sindo Gallego, que aporta experiencia y sigue predicando a su grey que el principal problema para el pueblo sigue estando en el astillero, y ni el Gobierno no los seminarios universitarios fueron capaces hasta ahora de reflotarlo. Pero en Fene la gente sigue su vida, trabajando duro y mirando de reojo a Astano, mientras sus trabajadores, con el puño en alto, exigen a los políticos de turno una solución definitiva para su astillero. Acabo enviando un saludo a un trabajador de Astano, amigo, que por lo visto no sabe digerir los mensajes sin poner el grito en el cielo. Tranquilo Gerardo, que la vida tiene un precio. No la malgastes.

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