Los patos


En el pequeño estanque que hay en el centro de Fene, donde el río de Sáa se llama Cádavo, practica la natación todos los días una familia de ánades reales que esta vez ha conseguido sacar adelante a sus doce crías. Doce, sí, ni una menos. No me resisto a contarlas de nuevo cada mañana. Una docena exacta, al igual que los signos del zodíaco -es por no buscarle al número otros significados- y los meses del año. El Cádavo (en realidad, como ustedes saben, un regato pequeno, de esos que tanto amaba el poeta Ramiro Fonte, al igual que Rosalía de Castro, y que son ideales para navegar por ellos con barcos de juguete o directamente soñándolos) mantiene vivos, con sus aguas, los vestigios de la antigua fraga que aún da nombre a toda aquella zona. Y mientras se dirige a Perlío, buscando el mar, sigue haciendo, como salta a la vista, milagros. Es un río que aún conserva buenas truchas, excelentes acróbatas todas ellas; y durante un par de meses al año cuenta con su propia garza, ave majestuosa donde las haya cuyas plumas, cuando atraviesa la delicada luz del amanecer, recuerdan a las alas de los ángeles. Pero volvamos a lo que en realidad nos ocupa hoy, a estos otros vecinos nuestros: a los ánades reales, también llamados azulones. A nuestros amigos los patos, vaya. Se dice que los indios de Norteamérica creían que esas aves hermanaban el cielo con el agua. Y no hay cosa más bonita, en mi opinión, que ver lo felices que hace a los niños contemplar los ánades. Les llevan pan, les hablan y, cuando inician sus prácticas de vuelo, hasta les aplauden, entusiasmados. No me extraña nada. De hecho yo, si me atreviese, también les aplaudiría de buena gana.

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