«Mi memoria es mi mejor GPS»

Antía Urgorri Serantes
Antía Urgorri REDACCIÓN / LA VOZ

CERDIDO

Ángel Manso

Teresa Prados recorre cada día 120 kilómetros en coche para llevar el correo a las casas más recónditas de Cerdido, un trabajo «de contacto con la gente» que le apasiona

30 dic 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Cada mañana, Teresa Prados recorre cerca de 120 kilómetros en coche por trabajo, «y no los hago por autopista, eh, esto no es ir de Santiago a A Coruña y volver, aquí hay que dar muchas vueltas». En su Peugeot 205 blanco, circula por carreteras secundarias, caminos y pistas impracticables para llegar a los lugares más recónditos del municipio coruñés de Cerdido, donde es la cartera rural.

A sus 39 años, esta cedeiresa lleva seis trabajando en el reparto postal, de los cuales solo quince meses estuvo en oficina -«cuando estuve embarazada», dice-. Tiene claro que no cambiaría por nada del mundo sus viajes interminables por estar sentada frente a un mostrador. «Hombre, es un trabajo que te tiene que gustar, pero a mí me encanta», explica sonriente mientras conduce. En la guantera del coche tiene un enorme atado de cartas. La mayoría son recibos del banco, la luz, el agua..., pero también algunas manuscritas, las que menos, y muchas, dice Teresa, vienen del extranjero. «Ahora en Navidad, postales hay un montón, ¿quién ha dicho que hay menos?», se pregunta.

Pocos pierden la oportunidad de salir a la puerta a saludar a Teresa y recoger las cartas en mano. «Siempre echamos una parola aunque sea del tiempo», explica y sonríe. Son viviendas muy aisladas, con gente mayor que vive sola, y no tiene coche. «A lo mejor el panadero y yo somos las únicas personas que ven en todo el día», reflexiona la cedeiresa.

Antes que cartera rural, Teresa fue peluquera y licorera. Pero esta profesión es la que le apasiona. El trato con la gente, relata, es más directo que en una oficina: «Para ellos somos alguien importante, es un trabajo muy cercano, casi de psicólogos».

Delante de cada casa, incluso de las más aisladas y de las que parecen abandonadas, hay un buzón. «Hay algunos que valen más que la propia casa, le dan mucha importancia al correo», bromea.

En su actual área de reparto, la de Cerdido-A Barqueira, en el norte de la provincia de A Coruña, Teresa tiene más de dos centenares de casas a las que entregar el correo -una media de 350 al día-. Lleva solo unos meses en esta ruta, y aunque tiene una chuleta heredada de anteriores carteros -en la que se especifica cómo llegar a cada vivienda y quién vive en cada una de ellas-, realiza el reparto sin mirarla ni una sola vez. «No tengo GPS, mi memoria es mi mejor GPS», dice y señala su cabeza.

Tantos kilómetros a la espalda le han permitido ver y vivir a Teresa prácticamente de todo: «Desde hielo en la carretera, corzos o jabalíes que se te cruzan delante, hasta perros agresivos. A mí no me ha mordido ninguno, pero a una compañera sí». Otro día se llevó un susto cuando llegó a una vivienda y oyó gritos: «Llamé a una vecina y entramos, nos encontramos a una mujer mayor que se había caído, vivía con una hija discapacitada, que era la que gritaba. Menos mal que fui por allí».

Los caminos por los que transita Teresa son propios de un rali, y su manejo del volante bien se puede equiparar al de un piloto. Para acceder a muchas casas, se adentra en estrechas pistas sin salida. No hay problema. Circula marcha atrás con la misma destreza que hacia adelante. Cuando de forma puntual ha tenido que cubrir alguna zona más que la suya, ha llegado a hacer en un día más de 150 kilómetros, pero no es lo habitual. Eso sí, cuando llega a casa después de trabajar, «el coche no lo quiero ni ver».

Teresa, al igual que el resto de los carteros rurales, utilizan su propio coche para el trabajo. Correos les paga unas dietas por kilometraje, aunque los sindicatos denuncian que no están actualizados. «El vehículo con el que empecé hace años, ahora no lo utilizo, pero está allí en casa, y va perfectamente», destaca la cedeiresa.

En el interior de su turismo, no faltan las botas de agua y el chubasquero. «En Galicia ya se sabe...», dice al tiempo que se sube la capucha para resguardarse de la lluvia. También lleva en los asientos traseros una bolsa con las cartas que tiene que repartir y la paquetería, la carpeta que sirve de chuleta, y una silla de bebés -tiene una niña pequeña-. La radio, apagada. «Voy concentrada, y la música me distrae», aclara.