Oficios en riesgo de extinción: «Traballo hai, estamos desbordados, e dá para vivir»

ANA F. CUBA FERROL / LA VOZ

FERROL

Jaime reconoce que está muy contento con su trabajo
Jaime reconoce que está muy contento con su trabajo KIKO DELGADO

Cuesta encontrar zapateros, herreros, electricistas, fontaneros, albañiles, modistas y otras muchas profesiones con gran demanda y difíciles de suplir por una máquina

22 feb 2026 . Actualizado a las 17:27 h.

Entre las acepciones de la palabra oficio figura «profesión de algún arte mecánica». Hay muchos y todos esenciales, pero los jóvenes rehúyen este tipo de trabajo. Un ejemplo son los herreros. «Quedan muy pocos, eran mayores y fueron desapareciendo», señala Jaime Fraga Ulfe (Neda, 52 años), que vive de la forja. «Estoy encantado —recalca—, salvo con el papeleo, el exceso de burocracia... Ser autónomo o artesano es difícil porque estás solo, necesitas un don y suerte». Quien acude a su taller de Valdoviño «tiene un problema», y él aporta soluciones en forma de portales, puertas de chimenea, panferras (los hierros empleados por los percebeiros para extraer este molusco) o piezas exclusivas para una auxiliar de Navantia.

Suso Yáñez Díaz (Cuíña, Ortigueira, 69 años), fontanero, «en activo por pouco tempo», espera que le suceda su hijo, que ya trabaja con él. «En Galicia nunca houbo escola de fontanería. Na época de meu pai había a [Escuela de Formación Profesional] Acelerada, na Coruña [que hoy es el CIFP de Someso], con cursos intensivos, e de aí saíron pintores, albaneis... Meu pai foi, eu fun facendo cursos de fontanería, calefacción e gas», repasa. No entiende la aversión que despiertan los oficios: «Traballando, dá para vivir, e traballo hai, estamos desbordados [...]. Cambiou moito, de andar con tubaxes de ferro e incluso de plomo, pasouse ao cobre; cando empecei era outro mundo».

José González Díaz (Monfero, 1960), O Rápido, el último zapatero remendón que quedaba en Pontedeume, se jubiló el 31 de octubre, sin demasiada esperanza de encontrar relevo. Pero, esta vez, le sonrió la fortuna. «Trabajaba en un local de hostelería y me enteré de que se retiraba por el boca a boca, fui allí y le pregunté qué había que hacer para seguir funcionando», cuenta Marcos Biurrum (Culleredo, 21 años). José le explicó que el edificio en el que tenía el taller estaba a la venta. «Había que cambiar de ubicación, y al final voy a tener un puesto en el mercado municipal, ya solo falta que me lo adjudiquen», cuenta este joven emprendedor, contento con su ya próximo nuevo oficio.

«Nunca había pensado ser zapatero —confiesa—, pero la música [su pasión] no la puedo compatibilizar con la hostelería, y esto sí». Toca en el grupo Vlaklyth, de post-rock, «música ambiental». Él, que dejó los estudios al acabar la ESO, ha visto una oportunidad de «tener un negocio», que conservará el nombre, O Rápido, y el número de teléfono. Y José está contento por haber dado con un comprador para toda la maquinaria y las herramientas del taller y por tener continuidad, y se ha brindado a acompañarle en los inicios para darle formación.

José, en el almacén donde guarda la maquinaria de la empresa
José, en el almacén donde guarda la maquinaria de la empresa M. J.

José Martínez Jove, construtor de Monfero: «Na construción fan falla louseiros, carpinteiros... de todo»

José Martínez Jove (O Xestal, Monfero, 60 anos) di que xa coñecía os ladrillos con 14 anos, «aínda que non os poñía». Despois estudou Aparelladores e acabou na empresa de seu pai, que xa traballaba na construción desde os 14 anos. O fundador era da parroquia de Monfero, pero despois mudouse a Val de Xestoso e alí é onde segue a sede da empresa. «Eu empecei cando se implantou o ive e ocupábame da xestión, dos orzamentos... en realidade, é o mesmo que fago agora», di o responsable dun equipo de seis persoas que traballa, sobre todo, no Val de Xestoso: «Non damos feito o que temos na contorna, e por iso nos desprazamos pouco».

Este empresario coñece ben os problemas do sector. «Hai oficios para os que xa non queda xente, como os louseiros, e temos que botar man dun autónomo, aínda que nós lle axudemos. Onde máis había era cerca das canteiras de lousa, no Barco de Valdeorras ou en Ortigueira, porque acababan colocando a lousa os mesmos que a sacaban», sinala. Ante a escaseza de profesionais, «queda o albanel xenérico, que fai fontanería, cambia un azulexo, por un prato de ducha... cando o alicatador só poñía azulexos e viña outro detrás selando». Insiste na necesidade de persoal «de todos os oficios vinculados á construción».

«O que non existe —subliña— é unha rexeneración, que non é o mesmo ca unha substitución, porque o que se facía antigamente xa non se está facendo, agora en vez de levantar un tabique de bloque póñense paneis, está todo industrializado, venden estruturas prefabricadas e móntanas con máquinas grandes. Fanse nas fábricas, é máis rápido e suponse que máis barato, porque na construción o que máis custa é a man de obra, non polo que leva o persoal senón por todo o que hai que pagar». Bota en falta a figura dos aprendices, que hoxe, sostén, é inviable, «porque a normativa non permite que faga practicamente nada (nin subir a un andamio, nin coller unha ferramenta...) e teslle que pagar coma un que sabe; a lexislación debería ser algo máis flexible». Martínez Jove, coñecido por todos como Casabella, igual que antes seu pai, asegura que «do que menos hai é carpinteiros, fontaneiros... e non se está saíndo xente, aínda que cursos e formación hai». O seu fillo traballa na empresa familiar, pero non ve claro que vaia seguir cando el se xubile.

Entre os problemas que advirte no sector, aparte da escaseza de man de obra cualificada, destaca «a burocracia, que en vez de reducirse, multiplicouse con internet, e as Administracións non saben unhas doutras (a man dereita non sabe o que fai a esquerda), con cambios normativos continuos que tolean aos xestores e as mesmas esixencias para unha empresa pequena coma para unha grande». Por iso non lle aconsella ao fillo continuar: «Se teño que repercutir as horas de traballo (papeleo), canto ten que pagar o cliente?». «Todo isto aumenta os custes... e logo queren que a vivenda sexa barata», ironiza. «Necesitas unha marxe de beneficio, que cada vez é máis escasa, pola normativa, os seguros... e chega un momento no que dis: ‘Isto é sostible?'», argumenta.

Noutros tempos, concorrían máis ás licitacións de obra pública, pero hoxe, case todo o que fan é particular, sobre todo rehabilitacións e reformas. «En Monfero, sen Plan Xeral, obra nova non podes facer, ese é o gran problema, é todo terreo de uso agrario», explica. Entre os seus clientes hai xente que comprou casa na aldea e quere restaurala, uns para vivir todo o ano e outros para as vacacións. «Carga de traballo non falta, imos organizando segundo o tempo e as urxencias», comenta.

Óscar se guarece de la lluvia bajo el portón de la furgoneta de trabajo
Óscar se guarece de la lluvia bajo el portón de la furgoneta de trabajo I. F.

Óscar Sánchez Blanco, electricista: «Hay trabajo para cuatro más»

Colapsado con las averías. Así estaba Óscar Sánchez Blanco (Perlío, Fene, 1980) el día después del paso de Nils por Ortegal. Lleva 12 años viviendo en Ortigueira, donde tiene la sede de su empresa, Electricidad Óscar. Cuenta que se hizo electricista porque durante las obras de la casa de su tío, en Santa Mariña do Monte (San Sadurniño), probó todos los oficios de la construcción y fue el que más le gustó. Han transcurrido 24 años y la carga laboral va a más: «Hay más trabajo del que se puede hacer, somos varios en la zona y podría haber cuatro más. Hay muchos madrileños que compraron casa aquí y no encuentran electricistas... ni albañiles, ni nada».

Él cuenta con un empleado y juntos se ocupan de «las cosas urgentes» y de las obras de mayor envergadura, y se reserva el tiempo que puede para algún proyecto más especial, que diseña, aparte de ocuparse de la instalación eléctrica (como la carnicería Salgueiro o MG, en Ortigueira). «Este oficio nunca va a desaparecer (todo no se puede robotizar). Soy instalador autorizado, dado de alta en Industria, pero ya solo como autónomo electricista, con el día a día vives y tienes un sueldo. Pero a la gente la echa para atrás tener que facturar, hacer presupuestos...», explica.

Las quejas por «el papeleo» se repiten. Ha pensado en contratar a un administrativo, pero le disuade el desconocimiento del sector. Duda que su hijo mayor siga sus pasos, pero al pequeño, de solo cuatro años, le ve maneras. «Antes era más fácil trabajar —recuerda—, el teléfono es muy agobiante y estresante, hay mañanas de 40 o 50 llamadas».

Herminia, sentada con falda de lunares, de joven con su pandilla
Herminia, sentada con falda de lunares, de joven con su pandilla

Herminia Pérez, modista de Cedeira jubilada: «Cosía para las siete parroquias... y hasta Vilarrube»

Nació en 1939 en Trasmonte y desde los dos años vive en Cedeira, en la misma casa. «Nos quedaba lejos la escuela, mi padre había venido cojo de la guerra (después se dedicó a hacer zuecas, hasta que entró en el aserradero) y compraron la casa», cuenta Herminia Pérez Villar. Tiene 87 años y le gusta coser desde niña, cuando hacía «muñecas pequeñitas» con su madre, que trabajaba en el campo. «En la escuela aprendí a coser, bordar, ganchillar, remendar... Cuando venía la costurera a casa miraba cómo lo hacía, y al acabar el colegio, con 13 años y pico, fui a aprender con una pariente que enseñaba a coser y cosía para todo el mundo. Íbamos todas las tardes una pandilla. Josefa, Elvira, Conchita... ellas tuvieron taller y formaron a otras niñas. Yo solo les enseñé a dos o tres, y por compromiso, porque lo que me gustaba era coser», relata. Después de tres años de clases con Carmiña Vergara, «una eminencia», y del curso de corte —«quería ir a aprender a Ferrol, pero en aquellos tiempos era complicado, y me enseñó ella también, desde el patrón»—, se puso a coser.

«A las casas no quería ir y mis padres me compraron una máquina de pie usada, que aún conservo», comenta. Herminia se encargaba de vestir a toda su familia, con ayuda de sus hermanas, a las que enseñó lo básico. Ella se atrevía con todo, desde los pantalones de su padre y su hermano —«también les hacía los calzoncillos»— a los trajes de novia, y aun ahora confecciona algún disfraz para sus sobrinas. Recuerda los viajes a Ferrol para ver a una amiga cedeiresa y comprar telas en Rafael y Vicente, «una tienda de toda la vida, muy buena».

Aparte de diseñar y coser la ropa de su familia, trabajo que compaginaba con otras tareas de la casa, también atendía encargos de fuera. «Pero en aquellos tiempos no había dinero, en el mar no se ganaba como hoy... aún hay gente que no pagó, o no podía o no se acordaba», repasa. «Me conocen y tengo amistades en las siete parroquias de Cedeira, porque cosía para gente de Régoa, Santalla, Esteiro, San Román... hasta tenía clientas de Vilarrube», agradece. Muchos años después comenzó a dar clases en la asociación de amas de casa (hoy Mulleres Vila de Cedeira), hasta la pandemia. Siente pena «porque ya no quedan modistas, solo alguna para arreglos», y disfruta enseñándoles a enhebrar y poner botones a las hijas de una sobrina, de siete u ocho años —«en el colegio no les explican estas cosas»—. No aparca la aguja ni el hilo, y se ocupa de los arreglos de sus prendas. Sin dejar de lado su afición por la pintura: «Siempre me gustó e iba de noche a aprender».

Gerardo Martínez Cotos, de joven, junto a una de las empleadas de la sastrería
Gerardo Martínez Cotos, de joven, junto a una de las empleadas de la sastrería

La sastrería que muchos recuerdan en Cedeira

Los vecinos de más edad de Ponte Mera, en Ortigueira, cuentan que llegó a haber siete sastres en activo. El cedeirés Gerardo Martínez Cotos, fallecido en 1986 con solo 51 años, fundó en Cedeira la sastrería Hermanos Martínez, que llegó a tener unos 15 empleados, como cuenta su hija Berta. «Fue el único sastre que conocí en Cedeira, mi tío [Manolo] le ayudaba. Después se separaron, mi tío abrió una tienda de ropa en la calle Ezequiel López y mi padre se quedó con la sastrería. Recuerdo verle trabajar, aún puedo escuchar el ruido que hacía con aquellas tijeras, muy grandes, con las que cortaba varias telas al mismo tiempo», añade. También guarda en la memoria «los patrones, hechos de papel marrón, tenía cientos, y las tizas para marcar».

En los últimos tiempos, su padre trabajaba solo con un empleado, «porque después cogió los seguros, que ya daban más que la sastrería, pero la mantenía por afición, en un trocito de oficina donde hacía trajes a algún señor mayor, o algún abrigo». Berta cree que «hoy en día, la sastrería volvería a dar dinero, pero en aquella época empezaron a llegar los trajes confeccionados y todo el mundo los quería». Los hermanos Martínez Cotos nacieron en A Coruña, pero de jovencitos se echaron novia en Cedeira y ya se quedaron. Berta destaca la calidad del trabajo que realizaba su padre. «A mi hermano no le gustaban nada los abrigos de invierno que le hacía, pero cuando se casó dijo: ‘Ojalá que me hiciera el abrigo y el traje'».