Hay batallas perdidas que son preludio de una victoria final y en las que es más importante aplicar la estrategia que la lógica... Es larga la lucha por conseguir un tren que nos acerque no solo a Madrid, también a los territorios de cercanía, por infraestructuras ferroviarias que se correspondan con el momento que vive este medio de transporte que es un factor de igualdad entre españoles que, hoy por hoy, viven en dos Españas de muy diferente capacidad de competir , la que viaja sobre raíles y la que ve cómo el tren o no llega o no se detiene... Y no olvidemos que hubo grandes inversiones, pero no grandes reparaciones de injusticias y sangrantes agravios comparativos. El tren era para mí objeto de deseo para cumplir el sueño de poder navegar hacia otros mundos inaccesibles, desde que, muy pequeña, leí un cuento de Clarín «Adiós Cordera» que describe con ternura la salida de su pueblo del niño protagonista, que convierte al tren, que se aleja, en escenario de una amorosa y nostálgica despedida de su querida Cordera que, desde el prado en el que pasta, mira al tren como si su mirada pudiese detenerlo o, quizá, devolverle al amigo que se va. El tren era mi sueño porque podía abrir las puertas de mi querido Ferrol, pequeño universo de tantos jóvenes ansiosos de volar para volver con la mochila llena de experiencias formativas para hacer de esta estación destino frecuente de llegada y salida. Hoy el tren vuelve a ser fundamental para poder competir en igualdad de condiciones en un mundo que ha recuperado los caminos de hierro que permiten volar sobre el suelo. Y que papá pueda ir y volver en tren no hay que pedirlo, hay que quererlo.