El nuevo siglo, que ya no es tan nuevo, está a punto de cumplir un año más, recordándonos que el tiempo no se detiene. Y no sé qué opinarán ustedes, pero a mí me parece que la irremediable caducidad de los calendarios no viene sino a subrayar, también, que las cosas verdaderamente importantes son las que lo han sido siempre. A determinadas edades, cuando se tiende a creer que solo para los demás pasa el tiempo, es fácil dejarse engañar por toda clase de espejismos. Pero cuando uno ya tiene más pasado que futuro, conviene preguntarse, al menos, si día a tras día —no hay día que no importe, porque todos ellos son únicos, y ninguno va a volver sobre sus propios pasos— se está haciendo lo correcto. En mi opinión particular —y disculpen ustedes que generalice—, pensamos demasiado en nosotros mismos y muy poco en quienes nos rodean. Y cuando hablo de quienes nos rodean no me estoy refiriendo solo a quienes más queremos, a los más cercanos, sino también a todas esas personas que hay a nuestro alrededor y de las que a menudo no sabemos ni su nombre.
A estas horas ya deben de haberse puesto en camino los Reyes Magos, a los que de niños les soñábamos un castillo en oriente, pero de los que hoy sabemos que habitan, en realidad, el pensamiento de Dios. Yo siento por ellos un inmenso afecto, como ya más de una vez les he comentado. Son ellos quienes nos recuerdan una y otra vez, a quienes ya tenemos el pelo blanco, que uno no es lo que posee, ni lo que recibe, sino lo que da, y que la eternidad es eso.
¡Feliz 2025, queridos amigos! Y mil gracias, siempre.