Estas palabras, nacidas en mi corazón y racionalizadas en lo posible, son para Julia Díaz que, quizá, no me perdone esta faena. Pero no traicionaré a la amiga. Respetaré su prudencia, su intimidad y ese elegante estilo de vivir en el difícil equilibrio que exige su permanente compromiso con proyectos arriesgados que enriquecen la vida social y cultural de Galicia (y en singular de Ferrol). Algún verso del poema de Goytisolo, que quise desnudar de la tristeza, me inspiró para hacer el perfil de una mujer difícil de definir, por su formación y una actividad profesional, cultural y social, tan generosas como fructífera. Orillaré su vida familiar que añadiría la ternura a la Julia que tanto quiero.
Felicito a la Xunta por concederle un Premio da Cultura Galega, que quienes la conocemos sabemos que, solo en parte, le hace justicia. Y a ella por su naturalidad al recibirlo. No es fácil resumir todo lo que ella nos aporta. Y como no es mujer de celebraciones con liturgia convencional y halagos de manual, elijo lo que a mí más me emociona de Julia: su saber estar en cualquier situación por comprometida que sea; su discreta actitud cuando tiene que asumir un protagonismo que siempre relativiza; una convivencia armónica con nuestras dos lenguas, que podemos traducir como amoroso respeto, sin sectarismos supremacistas. Y, no puedo olvidar lo que ella significó para mujeres que la vimos, trabajadora y reivindicativa, luchar, sin estridencias, por la igualdad… Pero Julia es un precioso todo del que solo vemos una parte. Hay mujeres excepcionales que caminan despacio y sin focos, que jamás dirán: «No puedo más, aquí me quedo». Sus huellas hacen camino.