Es un hecho sencillo el que les voy a contar, sabiendo que será difícil trasmitirles lo que significó para mí y explicarles que este joven (no conozco su nombre) sea el protagonista de algo que puso luz en una oscura tarde de chaparrones y viento racheado que me convirtieron en una frágil caminante que transitaba bajo un diluvio, sin ser capaz de encontrar la forma de evitar que el agua me calase los huesos y convirtiese mis zapatos en pesadas fundas de unos pies que ya casi no podían moverse entre los charcos y menos arrastrarse sin peligro de un resbalón. No exagero, solo trato de describir cómo me sentía. Y, de pronto, alguien me preguntó si quería su paraguas, que acabé aceptando después de responder a mi negativa con un «cualquier cosa será mejor que permitir que siga empapándose». Se marchó rápidamente y solo pude gritarle un gracias, tiritando, no sé si de frío o emoción. No estoy segura de que esta sea la mejor de las formas de expresar las emociones que sentí al mismo tiempo: agradecimiento, ternura, alegría y la sensación de que el joven del paraguas era un mensajero, un aviso —a una descreída, nostálgica y decepcionada— de que hay millones de jóvenes con un paraguas que ofrecer y otras tantas manos que lo necesitan. Y, como no parece que haya motivos para esperar la grandeza que se necesita para vencer la otra tormenta que amenaza, atrapemos las cosas que parecen pequeñas pero, en realidad, esconden la verdadera grandeza de un pueblo que necesita un milagro, allá por primavera: recuperar su rumbo navegando lealtades.