Mientras hoy les escribo, amparado por este silencio de la madrugada que de niño, cuando abría los ojos en mitad del sueño, desataba el miedo a los seres del Trasmundo (y que en cambio ahora siembra en mí el temor de que ni fantasmas haya, y de que estemos tan solos como a menudo parece que estamos), una mariposa nocturna, del color de las castañas, me contempla, inmóvil, desde el otro lado del cristal. Pienso en abrirle la ventana, en invitarla a pasar. Pero no quiero hacer nada que la prive de su libertad, ese bien tan sagrado. Y además no logro recordar lo que mi bisabuela Carmen, Madriña a Vella, que era una mujer realmente sabia —como demuestra el hecho de que durante décadas leyó y releyó, una y otra vez, el Zalacaín el aventurero, de don Pío Baroja, que como toda creación barojiana hace mejor este mundo que habitamos—, aconsejaba para estos casos. Solo recuerdo que ella insistía mucho en que las mariposas de la noche «nos veñen ver», en que traen «recados dos defuntos» y en que «non é ben» molestarlas. De manera que no sé muy bien qué hacer...
También yo releo a Baroja estos días. Pero no O Martín Zalacaín, como decía mi bisabuela, sino Familia, infancia y juventud, en la edición de un amigo muy querido, Pío Caro-Baroja, que tan brillantemente ha sabido mantener vivo el irrepetible universo que su familia le ha regalado a la cultura española.
(La mariposa de la noche sigue ahí, pegada al cristal. Y aunque ustedes no me crean, su magia ha hecho volver a mi memoria la voz de mi bisabuela, cantando. Me parece que voy a abrir la ventana).