Y la cabeza erguida ante quienes pretenden poner de rodillas la mente y la mirada de los defensores de la Transición, para imponer un relato que divide a España en fascista (definición perversa) que defiende la concordia, la reconciliación y la democracia que construimos sobre los sólidos pilares de la Constitución de 1978 y la progresista, la buena, la suya, que abre una trinchera como defensa de su desvarío político. «España no se rompe» proclaman. No, solo tiene una fractura profunda con peligro de rotura. ¡Sooolo!
Los cambios que exigen los nuevos tiempos, son posibles, la Constitución incluida, si fuese necesario. Pero sin fraudes, ni atajos en dirección prohibida o leyes a conveniencia de un presidente y unos socios que aspiran a mantener el poder con los votos de un fugado de la justicia que pretende ser presidente de una nación que alumbró, ideológicamente, el independentismo, con sectaria exclusión de los que no lo aceptan. Y al amparo de la debilidad de un Estado, cuyos gobiernos van aceptando salir de Cataluña y sucesivas… para no estorbar. E ir retrasando, aunque así se facilite, el golpe definitivo a la unidad de «España patria común e indivisible de los españoles» (art. 2 de nuestra Constitución). Por mucho que Sánchez, sus socios, independentistas confesos o no, cabalguen sobre, no con, las leyes, colonicen las instituciones para neutralizar la división de poderes y perpetuarse en el poder, en nuestras manos está el futuro. Y habrá más intentos de ruptura, porque ahí están los indultos y, quizá, la amnistía para blanquear el esperpento político en que vivimos. ¿Sabemos separar el grano de la paja cuando decidimos?